lunes, 5 de octubre de 2015

ETICA Y TECNOLOGIA MEDICA


ETICA Y TECNOLOGIA MEDICA

 

 

 

I.  Sentido de la reflexión

 

Hace muchos siglos, Aurelio Agustín justificaba sus difíciles elucubraciones con esta sentencia: "por la esperanza que tenemos de ser felices"[1]. Esta aspiración es la que movió a los antiguos a pensar cuidadosamente acerca del modo más conve­niente de vivir. Porque la experiencia enseña que no todos los modos logran colmarla. Y así nació la ética.

Estamos tan acostumbrados a la manera cómo la filosofía racionalista trató el tema que, tal vez, este modo de justifi­carla nos sorprenda. Nadie busca ya la felicidad ni la cree posible; además de que no parece haber relación alguna entre ambas, sino más bien todo lo contrario. El hombre moralmen­te superior nos parece cualquier cosa menos feliz.

Sin embargo debo confesar que los pocos hombres supe­riores por su virtud que he conocido, me han convencido de lo que la antigua filosofía había hallado: eran realmente felices. Y los que algo conocemos de la cosas sacras, sabemos que cuando en Roma se intenta canonizar a una persona - es decir, declarar que logró la virtud máxima - lo primero que se averigua es si el candidato era feliz. En caso de no haberlo demostrado en vida, se cierra el proceso.

Pero es fácil comprender que así debe ser. Puesto que el acto virtuoso es el acto bien hecho y ¿hay algo más satis­factorio que hacer las cosas bien?, debe engendrar felicidad. En consecuen­cia, la vida virtuosa tiene que ser, por ello mismo, la vida feliz.

Tal vez lo que nos molesta a estas alturas sea qué ha de entenderse por felicidad. Los medievales gustaban distinguir y precisar los conceptos hasta lograr la máxima exactitud. Así distinguieron la felicidad de la delectación, si bien nunca las separaron[2]. Comencemos por esta última. La no­ción más simple que he hallado reza así: "el descanso en el bien poseído"[3]. Nos afanamos bus­can­do lo que nos parece bueno y, cuando lo hallamos, descansamos. Pero notemos que el descanso no se puede buscar directamente, sino que se logra una vez obtenido el bien. ¿Cuál bien? Además hay que poseerlo. ¿Cómo? He aquí la clave de toda la ciencia moral.

La respuesta a ambas preguntas depende de una interro­gante previa: ¿en qué consiste ser hombre? No se puede construir una ética si no se ha estudiado previamente una antropología. Pero ésta depende de la metafísica y como hoy esa ciencia no está de moda, nos resulta muy difícil entender qué sea lo humano. Tal vez por ello cada cual se siente autorizado para tener su propio criterio ético sin haber estudiado ni poco ni mucho el tema: simplemente sin haber estudiado nada.

Estas simples y elementales consideraciones tienen por fin, únicamente, hacernos más humildes y comprender que estamos ante temas demasiado serios para ser tratados a tontas y a locas. De nada sirve asegurar que la conciencia no nos acusa, porque primero tenemos que alimentar esa conciencia con las nociones convenientes y sólo después podremos confiar en ella. Pero hoy confiamos en ella antes de ilustrarla. Así jamás nos acusará de nada[4].

Aludíamos al racionalismo filosófico que nos hizo perder de vista el objetivo de la meditación ética de los anti­guos. Agreguemos que dicho racionalismo interpretó a su manera al mismo cristianismo y logró desviarlo de su primera inspiración. En el campo protestante dio origen al puritanismo y movimientos afines que tanto marcaron la Europa de los pasados siglos; en el católico, inspiró al jansenismo con el mismo efecto. De este modo, el más grande pensador racionalista, Manuel Kant, declarará inmoral la búsqueda de la felicidad[5] y lo más opuesto a la mora­lidad cristia­na que queda reducida al estricto cumplimiento del deber expresado por su justamente célebre imperativo ca­tegóri­co[6].

Además de esta perniciosa consecuencia tenemos otra: la pérdida de la noción de bien común y del carácter social de la persona humana. Por ello la perfección humana adquirió un marcado tinte individualista completamente ajeno a la tradición ances­tral. Recordemos, a vía de ejemplo, que, para un teólogo medieval, "dado que todo hombre es parte de la ciudad es imposi­ble que un hombre sea bueno si no está perfectamente propor­cionado al bien común"[7].

Y si a alguno le molesta que cite a un monje medieval, permítaseme recordar a Aurelio Agustín, el padre de la civiliza­ción occidental, al decir de Henry cardenal Newman:

"En cuanto a las acciones que deshonran las costumbres humanas, se han de evitar según la diversidad de las costumbres... Pues es indecente toda parte que no se acomode a su todo"[8].

Dado que esta introducción se nos ha alargado demasia­do, permítaseme tan solo recordar estos dos temas básicos.

Sea el primero la determinación de la felicidad. ¿En qué consiste? La respuesta ya está en Aristóteles: en el ejerci­cio de la más alta facultad humana, a saber, la inteligencia[9]. Pero no hemos de entender esta clásica sentencia al modo raciona­lista que separa la inteligencia de las demás funciones humanas. Porque el hombre es un sólo todo, nuestras distinciones son siempre peligro­sas. De modo que no se trata únicamente de la inteligencia, sino de proclamar su prioridad. Confirmémoslo con un ejemplo. Piense cada uno qué le proporciona mayor delectación, o bien qué instante de su vida cree ha sido el más pleno. Y verá que una condición indispen­sable será la presencia de la inteli­gencia en él. Porque será absolutamente necesario que sepamos qué estamos haciendo para ser felices. Ese objeto o ese momento elegido no lo sería si no lo "supiésemos".

Muchos piensan que la felicidad está en el amor. Y tienen razón. Pero ¿qué es amar? y ¿amando qué somos felices? Es fácil advertir que sin la presencia de la inteligencia no hay amor y que mientras más noble se presente el objeto, mayor amor despierta en nosotros. El adolescente enamorado, con su ilusa descripción de su amada, nos muestra fácticamente el modo propio de operar de la inteligencia. Es la perfección, real o supuesta, del objeto amado lo que la sacia. Para los que sabemos que el Creador y Padre de todas las cosas vela por sus criaturas predi­lectas, no cabe duda alguna sobre el sentido de estos hechos.

Más difícil resulta comprender la naturaleza del bien común y como éste es el único fin propio de la persona humana. Siglos de racionalismo y liberalismo nos lo ocultan. Sin embargo es fácil comprender, al menos, la absoluta necesidad en que estamos de vivir en comunidad. Si no fuera por la comunidad biológica de nuestros padres no habríamos nacido, y si no fuera por la comunidad psicológica que hemos de formar con ellos jamás llegaríamos a hablar ni, en consecuencia, a pensar. En otras palabras, no hay vida humana fuera de la comunidad. Mas toda comunidad nace al calor del bien común. En consecuencia, es el bien común el primer bien al que aspira toda persona.

Lo difícil es llegar a comprender la naturaleza de dicho bien. Porque unos lo entienden como el bien del todo que prescinde de los individuos y otros como el bien de todos, mera suma de bienes individuales. Ambos conceptos son verdaderos en lo que afirman y falsos en lo que niegan. Es el bien del todo, porque su efecto inmediato es crear un todo. El mejor ejemplo que les puedo proporcionar es el de la salud corporal. Es el cuerpo como un todo el que está sano o enfermo: ése es su bien común. Y la mano no duda en sacrificarse por defender la cabeza. En efecto, por lamentable que sea su pérdida, el todo puede sobrevi­vir; en cambio no puede sobrevivir a la pérdida de la cabeza. Sin embargo no se trata de prescindir de las partes, ni siquiera de las menos interesantes: la salud implica el buen trabajo del organismo como un todo que incluye el de las partes, por supues­to. Pero el organismo no es la mera suma de células u órganos. Por encima del detalle está el todo al que pertenecen y del que son partes. Y es ese todo el que hay que cuidar. Por ello no se trata de producir siempre más, sino lo justo según el todo. Justo que, en diversas circunstancias, varía para enfrentarlas en mejores condiciones.

Podemos ya concluir que el principio supremo que ilumina toda la reflexión moral es la "felicidad común". A esto, que es únicamente filosofía, en la civilización occidental no hay que perder de vista lo que enseña la religión que la acunó. El cristianismo agrega, a lo ya visto, la realidad de una vida sobre­natural que hay que conseguir y un juicio absolutamente sorpren­dente: el valor redentor del sufrimiento. Ninguna de estas nociones está al alcance de la filosofía pero sin su presencia no es posible entender la civilización en la que hemos nacido. En virtud de ellas se han desarrollado ciertas consecuencias que inciden directamente en el tema que nos reúne esta semana: el de la tecnología médica.

La primera es la estricta prohibición de manipular al ser humano porque está destinado a ser hijo de Dios mediante esa vida sobrenatural; por lo que se lo ha de tratar con infinito respeto. La segunda es el valor redentor del sufrimiento por lo que no puede ser considerado de forma meramente negativa, ya que es el camino que más directamente conduce a la felicidad de la que hemos hablado recientemente.

Con estas nociones básicas me propongo abordar ciertos temas de bioética con el fin de poner a vuestra disposición algunos juicios éticos que puedan ayudarles en tan difícil tarea.

 

II. La vida y la muerte.

 

Toda la ciencia médica se halla abocada, tarde o temprano, a lidiar prácticamente con estos términos. Importa, pues, sobrema­nera tenerlos claros. Si no sabemos qué es la vida ¿cómo sabremos qué es la muerte? Y, en tal caso, no sabremos cuándo nuestro paciente ha dejado de vivir.

Por desgracia he de reconocer que la filosofía no sabe qué es la vida y, por ende, tampoco sabe qué es la muerte. Más bien somos nosotros quienes tenemos que ser ilustrados sobre el particular. A pesar de lo dicho, es importante reconocer que no lo sabemos. En otras palabras, todo lo que podemos apreciar sobre la vida son aspectos exteriores, síntomas que nos permiten discernir con cierta precisión si hay aún vida en el paciente o no. Pero ¡atención! se trata tan sólo de síntomas exteriores y nada más.

Desde Aristóteles se reconoce al ser vivo por el movimiento; lo que, por supuesto, es insuficiente. Porque prácti­camente todo está en movimiento respecto de algo. Con más preci­sión aclaremos que se trata de un movimiento inmanente, es decir, que permanece en el interior del ser vivo y que procura perfec­cionarlo o mantenerlo en su ser natural. Los demás movimientos son transeún­tes, es decir, nos llevan a otro, lo son respecto de otro más que de sí mismos. Los ejemplos más claros de movimiento inmanente son el pensar, el elegir, el sentir, etc. Lo malo del asunto radica en que muchos de estos movimientos pueden darse sin ninguna manifesta­ción exterior.

Por eso muchas civilizaciones antiguas prohibían el entierro antes del tercer o quinto día. No bastaban las señales superficiales de la muerte, se exigía que comenzara la descompo­sición. Lo que nos lleva a concluir que la experiencia milenaria de la humanidad sólo acepta la muerte cuando se ha producido el cese definitivo e irreversible de toda actividad vital.

El criterio comúnmente aceptado ha sido el del cese de la función cardiorrespiratoria. La reanimación hoy posible de tantos pacientes en tales condiciones nos ha demostrado que este criterio no basta. Se ha agregado el del cese de la función de la corteza cerebral. Mas la sobrevivencia en estado puramente vegetativo nos hace sospechar que tampoco es suficiente. ¿será necesario regre­sar al criterio arcaico? Tal vez no sea preciso esperar tanto, sobre todo si estamos ante un enfermo terminal del que esperamos el deceso de un momento a otro. Con todo quisiera dejar claro que tiene que haber seguridad del cese permanente e irreversible del organismo como un todo para poder declarar con absoluta certeza la muerte de una persona[10].

Esta convicción no gustará a los que esperan difuntos para proceder a transplantar órganos y los desean lo más recien­tes posible, por lo que quieren apresurar el veredicto. Mucho me temo que comience una comercialización de cadáveres realmente degradante de la dignidad humana. Reconoscámoslo: no somos creado­res de la vida y su misterio aún no ha sido desvelado. Recordemos cuán mal le fue al aprendiz de brujo y exageremos la cautela en tan difícil asunto. No quisiera que nuestra civiliza­ción occiden­tal siga los pasos de Adolfo Hitler que se permitió experiencias que en ese entonces escandalizaron a todos pero que hoy estamos a punto de reiniciar en gran escala. El respeto al hombre nos obliga a tener la certeza antes de proceder en conse­cuencia y mientras más cautela exijamos, mejor será.

 

III. Los medios ordinarios y extraordinarios.

 

El segundo tema que quisiera tratar hoy es el del modo cómo ha de cuidarse al enfermo. Por supuesto que, como no soy médico, no me refiero a la tecnología, sino a su uso ético. Porque hoy ocurre que la técnica nos permite mantener viva a una persona por tiempo indefinido. ¿Es moralmente obligatorio hacer­lo? O bien, puestos en el extremo opuesto, ¿es siempre lícito? Como son medios que no existían hace tan sólo algunos lustros, la discusión ética está recién comen­zando. A pesar de lo cual creo que una antigua distinción, posiblemente debida al teólogo dominico del siglo XVI, Domingo Bañez podrá ayudarnos[11].

Conviene, antes de ello, precisar que la vida biológi­ca o corporal no es el fin último del hombre y, por lo mismo, ha de ser amada como un simple medio. Si así no fuese, todo acto de heroísmo sería inmoral ya que expondríamos el bien mayor por lograr un bien menor. Tal vez nadie mejor que santo Tomás de Aquino lo expresó:

"Naturalmente grabado en cada cual está el amor a la propia vida y todo lo que se ordena a ella; sin embargo con la debida moderación. Porque no han de ser amados como si en ellos estuviera el último fin, sino en cuanto han de ser usados para alcanzarlo. Por ello, el que alguno carezca del debido amor a los mismos es contrario a la inclinación natural y, en consecuencia, es peca­do"[12].

Es claro, pues, que nadie puede suicidarse y que ha de hacer lo que esté a su alcance para cuidar y proteger su vida. Es aquí donde se plantea el problema: ¿con qué medios? ¿Hasta dónde llega la obligación de conservar la vida? Dado que ésta es un medio para un fin más alto, no es un fin en sí misma y, por lo mismo, la obligación de conservarla no es absoluta: "con la debida modera­ción", como señalaba el texto; es decir, habrá un justo medio en el uso de dichos medios que es preciso señalar. La doctrina que queremos recordar intenta ayudarnos a determinar ese justo medio.

"Nadie está obligado a lo imposible", principio absolu­tamente obvio que ilumina toda esta difícil cuestión. El problema está en determinar qué sea lo imposible a fin de no entender como una simpleza tan importante principio moral. Porque es evidente que no estamos pensando en lo absolutamente imposible sino en lo "moralmente" tal.

Uno de los que mejor ha explicado la cuestión es Francisco de Vitoria O.P. (1492-1546)[13]. Según su criterio, hasta la alimentación, si no hay esperanzas de recuperación y resulta muy penosa, no es estricta obligación. Lo mismo puede decirse de las drogas que prescriben los médicos. Vitoria distin­gue clara­mente, eso sí, entre la destrucción de una vida y el abstenerse de buscar su prolongación si no hay dichas esperanzas. Es, pues, decisivo en tal materia, mensurar las consecuencias de nuestros esfuerzos por conservarla: porque "nadie está obligado a lo imposible".

Evitemos un escollo. La ética de situación, que cada vez se difunde más en Occidente, está comprometida en una campaña en favor de la eutanasia. ¡Qué palabra tan bella y tan mal usada! El tener una "buena muerte" - eu-thanatos, en griego - es una aspiración de todos; mas hoy, con este vocablo, se alude al asesinato del paciente terminal, justificado con el pretexto de acortar sus sufrimientos, o bien, cosa que ocurre con frecuencia, los sufrimientos de los familiares o de quien sea. Porque tales enfermos molestan y así se alivia una situación tensa[14].

Esta novedosa interpretación de la ética hace incapié en el concepto que ya vimos señalado por Vitoria: las consecuen­cias que seguirán a nuestra intervención. Pero mientras el teólogo español pensaba en la posibilidad de recuperación de la salud, los actuales situacionistas piensan en la "calidad de vida". Cada uno varía en las características que se han de apreciar para determinar si vale la pena vivirla, pero, en general, insisten en la dignidad de la persona humana práctica­mente identificada con su libertad. A esto hay que añadirle la necesaria presencia del placer de vivir y obtenemos un criterio válido, a su juicio, para determinar la sentencia de muerte de todo aquél que quedará gravemente afectado en su libertad y en su alegría de vivir en virtud del tratamiento médico que se le ha impuesto. Se trata pura y simplemente de la justificación de un acto que procura directa y deliberadamente la muerte del pacien­te.

Esta actitud me trae a la memoria una reflexión que hiciera, a su paso por Santiago, el Dr. Josef Seifert. Según él, ya no es fácil distinguir la magia de la medicina. Porque los que cumplen su juramento hipocrático que los compromete con la salud y con la vida son verdaderos médicos. Los magos o brujos, en cambio, ponen su "ciencia" al servicio de la salud o de la enfermedad, de la vida o de la muerte, a petición del cliente. Si la medicina, pues, faculta a los médicos a practicar el aborto y la eutanasia, ya no será fácil distinguirla de aquélla.

Sólo un juez podrá, allí donde la ley lo faculte, dictar la pena de muerte del criminal después de debido proceso. En ningún caso daremos tal facultad al médico, ni al paciente, ni a sus familiares. Eutanasia y aborto son asesinatos y nada más. Llama la atención que tanto se hable del "derecho a la vida", en virtud del cual se suprime de la legislación la pena de muerte, y, al mismo tiempo, se autorice a todos a imponerla a los hombres en estado inicial o terminal. ¿Es acaso un delito no haber nacido o estar gravemente enfermo? Si no es, en su opinión, lícito matar al criminal ¿por qué autorizan el asesinato de quien es completa­mente inocen­te?

Pero regresemos ya al tema que nos ocupa y enfrentemos las distinciones que quedaron pendientes. Eran dos: absoluta y moralmente imposible, por una parte, y medios ordinarios y extraor­dinarios por la otra. Si bien son completamente indepen­dientes, las he unidos porque se iluminan mutuamente. Comencemos por la primera.

Es evidente que lo que puede un atleta entrenado no lo puede cualquier mortal. Eso es absolutamente posible, ya que un atleta lo puede, pero no lo es para el que no tiene entrenamien­to. Para este último, es "moralmente" imposible hacerlo. Con este ejemplo queda claro que llamamos "moralmente imposible" a todo aquello que no puede llevar a cabo tal persona en tal determinada situación. Pero hay más. Los hombres no nos atrevemos a exigirle a nadie que sea héroe. Las legislaciones de las naciones civili­zadas contemplan algunas excepciones basadas en este principio. Así, por ejemplo, nadie arresta a la madre que ha ocultado a su hijo y la acusa de complicidad. Aceptamos la fuerza del amor materno y, ante la aflicción del hijo, damos por descontado que lo ocultará. Respetamos su dolor y no la citamos ante el juez. Para la madre, se dice, es "moralmente imposible" entregar su hijo a la justicia si está en juego su vida. Este último ejemplo revela que los moralis­tas buscan comprender el corazón humano y no exigirle demasiado; todo lo contrario de lo que, en virtud de la interpreta­ción puritana y jansenista, se nos ha estado incul­cando en los últimos tiempos. Naturalmente, también este princi­pio recono­ce una excepción: cuando está en juego el fin último del hombre nadie puede excusar su cobardía con un "moralmente imposible". A pesar de lo cual no somos nosotros los llamados a juzgar situaciones extremas.

Con estas nociones más claras podemos comprender fácilmente la distinción entre medios ordinarios y extraordina­rios. Los primeros son los usuales en tales casos, medios que están al alcance del paciente, del hospital y del médico que lo atiende. Los extraordinarios son aquellos que requieren de un esfuerzo especial, de un equipamiento hospitalario o especializa­ción médica que sale de lo común. Como puede verse, esta distin­ción depende mucho del avance técnico. Ciertos modos de reanima­ción que eran imposibles hace tan sólo algunas décadas, hoy son medios ordinarios en cualquier hospital.

Conviene precisar el juicio moral que acompaña a esta distinción. El uso de los medios ordinarios es siempre obligato­rio. En eso consiste la medicina habitual. Tan sólo pueden suspenderse y reemplazarse por un "cuidado" del enfermo en caso de enfrentar un proceso irreversible que escapa total­mente a la capacidad de la medicina actual. El "cuidado" consiste en la atención del enfermo que, ante la imposibilidad de devol­verle la salud, busca atenuar su dolor, su desamparo y le ayuda a enfren­tar con dignidad la inevitable y próxima muerte. El uso de medios extraordinarios no es obligatorio y, si es demasiado oneroso o peligroso, puede llegar a ser ilícito. Hay que evitar a toda costa el convertir a una persona en conejillo de indias con consecuencias imprevisibles para su equilibrio psíquico y moral.

Por eso, como no podemos obligar a nadie a ser héroe, habrá que fijarse de modo muy especial en el paciente y en su familia. Porque habrá que tener mucho cuidado antes de ponerlo en tal condición que lo lleve a la desesperación. Hay sobrevidas atroces, insoportables. En tales casos no puede hacerse uso del tratamiento. También hay que fijarse en el sacrificio econó­mico que puede estar involucrado, en el sufrimiento de la familia que quedará por meses esperando una muerte que puede producirse en cualquier momento, momento que es atrasado más y más, pero nunca alejado, por las técnicas de conservación hoy día disponi­bles. En esas circunstancias la familia sufre una suerte de tortura psicológi­ca, sumamente estresante, que nos obliga a hacer todo lo posible por evitarla.

Muchos autores, al tratar estos problemas, dejan prácticamente todo en manos del paciente, o de sus familiares o del doctor. Creo que se ha olvidado uno de los axiomas más antiguos de la justicia: "Nemo iudex in causa sua". Nadie ha de juzgar su causa. Tampoco ha de juzgar, en definitiva, en tan terribles circunstancias lo que se habrá de hacer. Pacien­te y familiares son víctimas de una tan intensa emoción que no pueden decidir con la cabeza fría, racio­nalmente; pero es obligato­rio, en toda decisión ética, seguir a la razón. El mismo médico también está involu­crado, a veces, más de lo que quiere recono­cer. Como habrá que tomar una decisión gravísima antes de entrar a usar de estos medios ex­traordinarios o a abstenerse de ellos, juzgo que todo hospital debería tener a alguien o a alguna comisión encar­gada de examinar tales casos y decidir qué es moralmente lícito, qué es moralmente obligatorio y qué es ilíci­to. Porque se trata de una determinación prudencial que sólo puede tomarse estudiando cuidadosamente las circunstancias particulares. Si bien ha de tomarse en cuenta la opinión del paciente, la familia y el médico implicado, la decisión no puede dejarse únicamente en sus manos, porque la presión emocional que dificulta un juicio sereno les impide decidir adecuadamente.

Hay que tener en cuenta que esta materia es objeto de un juicio prudencial. La virtud de la prudencia es una de las más difíciles de obtener. Requiere de la experiencia que dan los años, del dominio de las pasiones que da la templanza y de la justicia que nos hace buscar en todo lo que conviene al prójimo. Pero, por encima de todo, requiere de la sabiduría que dan años de estudios y justeza en el juicio. Se comprende así que no se puede dar solución en abstracto a este tipo de decisiones y que se requiere que se seleccione personal idóneo para que enfrente tan graves problemas.

 

IV. Conclusión

 

Quisiera terminar estas brevísimas palabras con una sencilla meditación del sentido del dolor en la civilización occidental al que ya aludimos. Como todos sabemos, esta civiliza­ción nace en el crisol medieval que funde la herencia grecorroma­na con la judeo­cris­tiana.

En esta tradición, el dolor tiene un doble carácter: en primer lugar un aspecto negativo: es el justo castigo del pecado; en segundo lugar un aspecto positivo: es el acto Redentor.  ¿Por qué es precisamente el dolor el instrumento redentor por excelen­cia? Porque el pecado es la rebelión del hombre que no quiso someterse a la voluntad del Creador, sino que, por el contrario, pretendió alzar su propia dignidad por encima de toda otra consideración. El dominio del Creador fue rechazado para procla­mar la libertad del hombre[15]. En consecuencia, la Redención provendrá del acto contrario: del acatamiento de su Voluntad y del abatimien­to de la soberbia humana. Ambos aspectos se realizan en el dolor y, por encima de todo, en la muerte. Al aceptar, pues, resignadamente la muerte, el hombre realiza el acto más meritorio que está a su alcance y se une, así, a la muerte redentora de Jesús. Por ello san Pablo nos enseñó:

"Ahora me alegro en mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia"[16].

Lo que le permite otorgar a todos los fieles una función sacerdo­tal:

"Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, éste es vuestro culto racional"[17].

En este contexto cultural, la misión del médico y sus auxiliares adquiere una dimensión trascendente. Por ello ha de esforzarse en usar toda la tecnología moderna para facilitar al enfermo terminal su acto más perfecto y meritorio: el gozar de una "buena muerte", plenamente consciente y consentida, mediante la cual pueda restablecer, en la medida de sus posibi­lidades, el orden primigenio de la Creación.

 

 

 

             JUAN CARLOS OSSANDON VALDES



[1] “Y allí disputemos según nuestras fuerzas, no de la gloria, que es cosa leve y pueril, sino de la vida misma y de la esperanza que tenemos de ser felices” S. Agustín de Hipona. “Contra Academicos” L3, c.9, pág. 181. B.A.C. Madrid, 1951
[2] Cfr. S. Tomás de Aquino, “Summa Theologiae” I-II, q.2, a.6c; y q.3, a4.
[3] Id. I-II, q.43, a.1 y 2; q.11, a.1,ad3; etc.
[4] Cfr. Juan Pablo II: “Veritatis Splendor” Nº62 a 64.
[5] “Crítica de la razón práctica: observación 2ª al IV teorema del c. 1 del libro 1º de la primera parte.
[6] Id. Párrafo 7º del capítulo 1º del libro1º de la primera parte.
[7] Santo Tomás I-II, q.92, a.1, ad3.
[8] Confesiones, L. 3º, c.8.
[9] Ética a Nicómaco, L.1º, en especial el c. VI.
[10] Ya en 1988, el Consejo Ético Danés, como nos lo recordara Josef Seifert en su reciente visita, rechazó la identificación de la “muerte cerebral” con la muerte del hombre.
[11] Cfr. Pablo Aguilera: “En la frontera de la vida/muerte”. Ed. Universitaria, Santiago, Chile. 1991. págs. 101-127.
[12] O.c. II-II, q.126, a.1c.
[13] Cfr. “Relecciones de Teología” IX, 1y9; X,35. Resumido por P. Aguilera, o.c. págs. 103-105.
[14] P. Aguilera cita a Flechter, Kohl, Maguirre y Mc Kormick. O.c. págs. 174-184.
[15] Esta idea no sólo está expresada en la Sagrada Escritura (Gen. 3), sino, hasta cierto punto, en el mito de Prometeo. Tal vez el filósofo que la expresa con más virulencia sea el joven Carlos Marx:  “La filosofía no lo oculta. La profesión de fe de Prometo: en una palabra odio a todos los dioses… es su propia profesión. Este es el discurso que dirá siempre contra todos los dioses del cielo y de la tierra que no reconocen la conciencia humana como la más alta divinidad. Esta divinidad no tolera rivales… (la filosofía) repite lo que había dicho Prometeo a Hermes, servidor de los dioses: “No cambiaré jamás, puedes estar seguro de ello, mi suerte miserable por tu servidumbre. Prefiero estar encadenado a la roca que ser el criado fiel, el mensajero del padre Zeus”. Propósitos diabólicos más que humanos, por cierto. (Morceaux Choisies”. Ed. N.R.F. pág. 37. Cit. Por C. de Koninck en “De la Primacía del Bien Común contra los personalistas”. Cultura Hispánica. Trad. J. Artigas. 1952. Pág. 170).
[16] Col. 1,24.
[17] Rom. 12,1.

1 comentario:

  1. Lo felicito y le agradezco por publicar estos trabajos Ossandon, un gran iusfilósofo.
    Saludos.

    ResponderEliminar

Solo se publicarán comentarios constructivos y que no contengan groserías y sean mal intencionados.