martes, 5 de julio de 2016

¿POR QUE HAY UNA OBLIGACIÓN MORAL ABSOLUTA?

¿POR QUE HAY UNA OBLIGACIÓN MORAL ABSOLUTA?


I  STATUS QUAESTIONIS


     Desde el lejano estoicismo, y sobre todo desde Kant, parece que moralidad y obligatoriedad se han hecho sinónimos en la reflexión filosófica cuyo objeto es la actividad humana. Hasta tal punto es así que Pío XII, al enfrentar una ética sin dicha nota como lo es la existencialista[1], consideró que ni si­quie­ra merecía ser calificada de "moral". A pesar de lo cual no es fácil hallar una justificación filosófica de tan curiosa y única peculiaridad.
     Porque hay muchas cosas que son necesarias y así las padece el hombre. Pero esta "necesidad" moral es libre por lo que no es "padecida" sino libremente aceptada y querida, al menos entre las personas maduras. El mirar la moral como una restric­ción es clara evidencia de inmadurez y tontería. Hasta el extremo de que, cuando se logran las cimas de la moralidad, el sujeto se siente, por fin, plenamente libre. Y, sin embargo, no se le oculta a ese hombre maduro la obligatoriedad que acompaña a la realidad moral.
     Dado el fracaso kantiano en su esfuerzo por justificar esta obligatoriedad, ya M. Guyau[2] trató de establecer una moral sin obligación ni sanción, y desde el existencialismo se ha extendido al cristianis­mo esta nueva visión en virtud de la cual la obligato­riedad debe ser eliminada del ámbito moral. Ahora la llamamos "ética de situación" y el número de adeptos no ha dejado de crecer. Casi podríamos decir que es la ética "oficial" del anglicanismo actual y desde allí ha contaminado al luteranismo y al catolicis­mo[3].
     Antes de entrar en materia conviene que precisemos el sentido de nuestra investigación. No se trata de identificar moralidad con obligación. Si bien es verdad que la obligación de hacer el bien y evitar el mal jamás cesan, no es menos cierto que muchos de los actos moralmente más meritorios lo son justamente por no estar sujetos a obligación alguna. Entre los bienes siempre se puede elegir libremente y los más difíciles de reali­zar y, por lo mismo, a menudo moralmente superiores, no son objeto de obligación. Es eso lo que celebramos en el sacrificio de las personas que renuncian a su voluntad mediante el voto de obedien­cia, por ejemplo, y no la obligatoriedad de tal renuncia. Esta es una de las críticas que se puede hacer a la moral kantia­na: la de dejar fuera de su famoso imperativo categórico los actos heroicos que constitu­yen el más hermoso fruto de la capaci­dad moral del hombre.
     Pero no sólo me interesa el que haya obligación en la esfera moral, sino el que ésta sea absoluta, independiente de los gustos y afinidades de la persona que la "sufre"; aspecto que, si no me equivoco fue tan bien exaltado por el ilustre pensador de Königsberg y que, a mi parecer, constituye la mayor gloria de su meditación ética.

II.  LOS ORÍGENES


     Nuestra civilización occidental tiene su origen en la Edad Media. En ella confluyen la herencia grecorromana y la tradición judeocristiana. Bastaría con decir romana y cristiana, pero he querido señalar los orígenes de ambas tradiciones donde radica la remota cuna de nuestra cultura.
     La obligatoriedad de la moral es clara para un judío. Proviene de un pacto realizado entre Jahvéh y Moisés con cláusu­las muy claras[4]. Jahvéh se compromete a proteger al pueblo ele­gi­do y éste a cumplir ciertas obligaciones que se han tradicio­nal­mente resumido en las "tablas de la ley" recibidas en los faldeos del Sinaí. En caso de no cumplir su parte, Jahvéh no se limitará a no cumplir la suya, sino que castigará al pueblo de dura cerviz. En otras palabras: Israel no puede desahuciar este pacto. Nadie, en particular, puede abstraerse, ni el pueblo, en conjun­to, puede repudiarlo. Como puede verse, es un pacto suma­mente peculiar. Mas, sea de ello lo que fuere, lo que queda claro es la razón de la obligatoriedad. Notemos, al pasar, que derecho y moralidad coinciden plenamente en la teocracia israelí.
     El cristianismo no es más que la prolongación del pacto a toda la humanidad. No hay una novedad absoluta por lo que Jesús hablará de una nueva alianza que reemplaza y perpetúa a la antigua: "No penséis que he venido a suprimir la Ley y los profetas; no he venido a abrogarla sino a consumarla"[5].
     Muy distinto es el caso en la cultura griega. Se ha llegado a decir que "el concepto de deber no existe propiamente en la ética estoica ni en general, en la moral antigua"[6]. Me parece exagerada esta apreciación si bien puede ser exacta si nos referimos a la religión oficial grecorromana[7] cuya mitología abunda en ejemplos de actos inmorales atribuidos a los dioses. Sin embargo, nos resulta difícil comprender su ausencia, sobre todo, si recordamos la frase del apóstol: "en verdad, cuando los gentiles, guiados por la razón natural, sin Ley, cumplen los preceptos de la Ley, son para sí mismos Ley"[8].
     Para nuestra tradición el más importante pensador griego es, sin duda, Aristóteles. Son muchos los autores que niegan que en este autor se dé algo parecido al imperativo categórico kantiano, modelo, al parecer, de obligatoriedad; es más, aunque nos parezca increíble, se ha llegado a sostener que carece de la noción de deber[9].
     Tal vez la afirmación más contundente que he hallado sea la siguiente:
     "Es preciso notar que los conceptos de "deber" y "obli­gación" y lo que ahora se denomina el sentido "moral" de "debería", son supervivencias de una concepción legal de la ética. El sentido moderno de "moral" es así mismo un derivado tardío de estas supervivencias. Ninguna de estas nociones se presentan en Aristóteles. La idea de que las acciones que resultan necesarias para apegarse a la justicia y las otras virtudes son exigencias de la ley divina se encontraba en los estoi­cos y se generalizó a través de la cristiandad, cuyas nociones éticas provienen de la Torá"[10].
     Los dominicos Gauthier y Jolif, en su monumental comentario a la "Ética a Nicómaco", junto con reconocer que no hay nada parecido a un imperativo categórico, niegan terminante­mente que el Estagirita haya carecido de tal concepto.  Lo que ocurre, explican, es que en griego la palabra "deber" no tiene uso como substantivo, pero sí como verbo; aquél es reem­plazado por el participio neutro: to deón[11]. Es más, la "medida justa", que hace buena a una cosa, depende de un "lógos", término que habría que traducir, a su juicio, por "regla racional". También nos llaman la atención sobre el hecho de que el verbo "déin" - deber - aparece nada menos que 170 veces en esta ética y, a menu­do, con el sentido de obligación que proviene de la conciencia o de la ley[12]. Todo lo cual nos obliga a reconocer la presencia de la noción de deber en la Ética Nicomaquea.
     Sabemos tan poco del estoicismo antiguo que prefiero limitarme al romano. Es verdad que aquéllos hablaban de un lógos, pero es difícil distinguirlo del fuego; de una providencia, mas parece identificarse con un destino fatal. En cambio, en Cicerón está clara la idea de una ley universal, eterna, que rige al cos­mos[13].  Además, destaca la existencia de una ley natural que es la misma para grie­gos y romanos y todos los pueblos[14]. En el estoi­cismo tardío encontramos emocio­nantes palabras que exaltan el cumplimien­to del deber sin esperar recompensa, por ej. en Epícte­to y en Marco Aurelio. Mas sólo he hallado un texto que nos da la razón de ello:
     "Por dos razones debes amar todo lo que te sobrevenga: 1) pues te concierne a ti, ha sido establecido para ti ... y está urdido conjuntamente con tu destino desde el comienzo de las causas antiguas; 2) ...Pues se mutila el todo si extirpas de la concatenación y de la conti­nuidad cualquier cosa que sea de las partes o de las causas"[15]
     Como podemos apreciar, la razón última es el fatalismo de la antigua escuela que aún no ha sido superado, lo que está bastante lejos del deber tal como es entendido en los tiempos modernos.
                  
IV.  MANUEL KANT

     Pienso que no se puede abordar el tema de la obligato­riedad sin examinar el estudio kantiano. Precisemos que solo nos interesa el porqué, es decir, su causa y no su naturaleza ni su función en la vida moral. Hemos de reconocer que la principal intención del maestro de Königsberg era este último aspecto.
     Según A. Marc, en Kant la razón es la única fuente de la obligación; pero, por desgracia, no logró fundamentar el porqué[16]. Su aserto se basa en el siguiente texto:
     "Pues cómo una ley por sí, e inmediatamente, pueda ser fundamento de determinación de la voluntad (lo cual es lo esencial en toda moralidad), eso es un problema insolu­ble para la razón humana y es idéntico con este otro: cómo una voluntad libre sea posible. Así, pues, tendremos que señalar a priori no el fundamento por el cual la ley moral en sí proporciona un motor, sino qué es lo que ella, siendo motor, efectúa en el espíritu (o mejor dicho, debe efectuar)"[17].
     Imposibilidad reconocida en su "Cimentación para la metafísica de las costumbres":
     "Aquí se encuentra, pues, el último límite de toda investigación moral ... No es, pues, ninguna falta de nuestra deducción del principio supremo de la morali­dad, sino un reproche que habría que hacerle a la razón humana, en general, que no pueda hacer concebible, según su necesidad absoluta, una ley práctica incondi­cional (aquélla que debe ser imperativo categórico) ..."[18].
     Digamos, en descargo de tan notable pensador, que su incapacidad para explicar este aspecto del problema procede de su "Crítica de la razón pura". Aceptado ese análisis, quedaba su autor imposibilitado para el que intentamos ahora. Tan sólo podemos lamentarlo y agregar que Kant estaba muy consciente de la precariedad de todo su esfuerzo; el que, casi de inmediato, será víctima de la implacable crítica a que lo sometió Schopen­hauer, para quien resultaba casi una contradicción una postura como la defendida por Kant. A ello se debe, según muchos de sus estudio­sos, la "Crítica del juicio" que procura hacer más acepta­ble - o más racional - la "Crítica de la razón práctica". Esfuerzo, al parecer, infructuoso. Por todo lo cual nos excusamos de profundi­zar su explicación.

IV.  LOS TOMISTAS CONTEMPORÁNEOS


     Para sorpresa mía, después de haber consultado numero­sos manuales, he podido comprobar que ninguno trata suficiente­mente la cuestión que aquí me he planteado. Simplemente se explica, entre las características de la ley natural, su obliga­toriedad. Así, por ej. en el notable libro que el P. Sertillanges O.P. dedica a exponer "La filosofía moral de santo Tomás de Aquino" apenas se menciona el tema[19]; tampoco E. Gilson en su precioso "Santo Tomás de Aquino", editado en la colección "Les Moralistes Chrétiens"[20]. Por supuesto que, al hablar de la ley, señalan que una de sus características es la de ser obligatoria, pero no parece intere­sarles mayormente y, menos aún, responder a nuestra pregunta. En el índice analítico de "Etre et Agir" del P. J. de Finance S.I. ni siquiera aparece la palabra "obligación" y el mismísimo J. Gredt O.S.B. apenas dedica un párrafo - el 942 - a decir qué es obliga­ción, que hace depender de la sanción, y otro - el 943 - a indicar sus diferentes tipos, para pasar, en seguida, a señalar que Dios es la norma suprema. Otro tanto podría decirse de Donat S.I. quien dedica tan sólo los párrafos 94 a 96 de su Ethica Generalis al tema[21]. J. Leclerq, en cambio, le dedica más atención. A su juicio se trata de un dato secunda­rio, sin dejar de ser esencial, que procede de la necesidad de unidad que sólo se halla en el bien del hombre[22]. Parece algo tan obvio que pocos se detienen a profundizarlo; en verdad, obtiene un mayor desa­rrollo cuando se expli­can las nocio­nes de deber y derecho.
     Con todo hay algunas ilustres excepciones: René Simon le dedicará un capítulo completo - el sexto - a nuestro tema. En él estudia la versión de Kant y la de Bergson para terminar haciendo una buena exposición de la posición tomista en la que critica a algunos de nuestros contemporáneos. Así, por ej., rechaza a los que la fundamentan en la voluntad de Dios como a los que privilegian la sanción. A su parecer hay que situarla en la necesidad del fin ante la contingencia de los medios: la razón descubre el valor del bien y lo impone a la voluntad[23].
     Más significativo para nuestro propósito es el caso del P. André Marc S.I. quien divide su "Dialectique de l'agir" en tres libros dedi­cando el segundo a la obligación moral. Ocupa casi 240 páginas en su explicación. Parece que aquí en­con­traremos la respues­ta que buscamos.
     Como no podía ser menos comienza discutiendo con Kant e invirtiendo los términos (si bien no es un asunto importante): no se trata de que la moral derive del deber, sino a la inversa: aceptado el mundo moral, se conclu­ye en su obligatoriedad[24]. Además estudia la concepción de Fichte, Hamelin, Le Senne, Nietzsche, Suárez, etc., lo que no nos interesa en este momento.
     El capítulo tercero está íntegramente dedicado al deber que no es más que la necesidad propia de la moral; en otras palabras, la obligación es la necesidad de actuar moralmente bien[25]. Y he aquí que nuestro autor nos explica su fundamento: la verdad. La obligación no es más que el valor absoluto de la verdad, como ya lo vio Parodi[26]. Curiosamente, tres páginas más adelante, Marc nos da otra explicación, esta vez basado en el P. Laversin O.P.: es el valor absoluto de la ley que nos somete al orden universal[27].
     Finalmente se hace la pregunta decisiva: ¿Por qué la moral se presenta como absolutamente imperativa? ¿Cómo podríamos justificar el imperativo categórico que Kant tan bien vio pero jamás justificó? Su respuesta es muy matizada y, como vimos a propósito de su fundamento, oscila entre diversas explicaciones sin decidirse por ninguna.
     En primer lugar, porque procede de un Dios creador y legislador supremo; es decir, nos refugiamos en la respuesta judía. En segundo lugar, porque mi naturaleza tiende necesaria­mente a un cierto fin del cual no puedo renegar sin negarla, que es la razón más invocada por los tomistas[28]. A pesar de lo di­cho, unas páginas más ade­lan­te, Marc vuelve a su primera justifi­cación: la verdad es absolu­tamente obligatoria; la razón, como tal, se presenta como obliga­ción ante la voluntad. El deber no es más que esta necesi­dad racional en diálogo con la voluntad. Esta recibe dicha verdad como un bien y, además, obligatorio, por ser verdad[29].
     Finalmente, citando a Pío IX, Marc nos recuerda que la perfección es obligatoria para todos, tal como lo enseña Jesús en el Evangelio[30]. Hay, pues, que buscar la perfección; de modo humano, claro está.
     Su explicación se nos complica mucho más cuando nos espeta, sin prepararnos el ánimo, que la persona es un fin en sí misma y que, además, tenemos "el deber de ser persona"[31]. Pero como todos nacimos gozando de tal atributo y lo seremos siempre, tenemos ya cumplido el fin. En tales condiciones ¿por qué hay obligación? 

V.- A MODO DE SOLUCIÓN


     No está demás reconocer que hay mucho de verdad en las diversas respuestas que hemos hallado en los filósofos y teólogos contemporáneos recientemente citados. Tal vez a más de alguien le sorprenda esta variedad de soluciones e incluso refutaciones al interior de la Escuela. Nada tiene de sorprendente para quien conozca la libertad de que gozamos los que nos inspiramos en el Angélico.
     La mejor respuesta que he hallado a la inquietud que me ha movido a investigar este tema se debe a la pluma de A. Millán Puelles[32]. Su tesis consiste en meditar sobre la esencia de la moralidad que radica en una "libre aceptación de nuestro ser"[33]. Nuestro ser es poseído de modo pura y simplemente natural, como lo hacen todas las cosas; o bien de modo especulativo o bien de modo práctico. Estos últimos modos son exclusivos de la creatura racional. En moral sólo interesa el tercero, si bien el segundo es supuesto, obviamente. En otras palabras, somos "un ser que se puede tomar la libertad de ser fiel a su ser"[34]. Somos libres, es decir, no estamos hechos del todo; pero somos, o sea, tampoco lo tenemos todo por hacer. Contra el existencialismo tipo Sartre, Millán Puelles insiste en que nuestra naturaleza nos exige un determinado modo de realización que no queda del todo indetermi­nado. Por ello los preceptos de la ley natural son descubiertos por santo Tomás siguiendo como guía las inclinaciones naturales propias del hombre[35]. Nuestra libertad, pues, no es absoluta; está condicionada por el ser (naturaleza) que somos. El deber no es más que la conciencia de dichas exigencias impuestas desde nuestro interior; las que no nos privan de nuestra libertad.
     La palabra ser está indicando, en este artículo, la naturaleza. Y esto por una razón muy simple: por ser principio de operación. Ocurre que toda creatura está orientada a la opera­ción, única vía de realización que posee. Hay en ella, pues, un deseo natural de actividad, el que no es un hecho psicológico sino ontológico: es un "appetitum naturale" que deberá, más tarde, convertirse en psicológico y verificarse en una elección.
     La forma del deber es la obligación. Y su contenido será, en última instancia, el lograr que "un ser (el hombre) se enlace con su ser"[36]. Es decir, el hombre ha de actualizar cog­noscitiva­men­te el mismo ser que ya posee por naturaleza y, además, lo ha de realizar en un libre quererse y libre hacerse. Se trata de que se ratifique, en el plano de la conducta, nuestro ser natural. Todo deber, pues, adquiere así la forma de un diálogo del ser consigo mismo en virtud del cual acepta o no actualizarse en conformidad con las exigencias de su propia naturaleza.
     Este hermoso análisis de la raíz del deber, que acepta­mos plenamente, nos deja, sin embargo abierta la posibilidad de buscar una fundamentación aún más profunda; porque, en definiti­va, no sólo se trata de que estemos sometidos a un deber, sino de que éste sea absoluto. Absoluto, en este contexto, implica la idea de no admitir excepción alguna, y de ser inamovible. Nuestra naturaleza, al realizarse en un ser humano, queda afectada por la contingencia propia del sujeto que la realiza; no pasa de ser una naturaleza más dentro de las innumerables que pueblan el planeta, el cual existió millones de años antes que ella y podría sobrevivirla de la misma manera. Por muy necesaria que sea, desde cierto punto de vista, una naturaleza, no parece ser el fundamento último de una obligación absoluta. Por lo que creo que habrá que investigar aún algo más.
     Por otra parte, las discrepancias halladas entre los tomistas contemporáneos nos aclaran suficiente­mente que a santo Tomás no le interesó responder a nuestra pregun­ta. He consultado diversos índices analíticos de sus obras en los que suele no aparecer la palabra "obligatio" ni "officium " u otras similares. Tal vez se deba a lo que tan bien señala E. Gilson:
     "Se ve inmediatamente que la moral, precisamente porque no es sino un caso particular del gobierno divino, se reduce al problema siguiente: ¿cómo una criatura racio­nal y libre puede y debe utilizar el movimiento hacia Dios que ha recibido de El?"[37]
     Santo Tomás, pues, no observa el mundo moral desde la ley y su obligatoriedad, sino desde el fin y su atracción. Pero, eso no impide que la moral sea absolutamente obligatoria. Pienso que si releemos la cita de Gilson con más cuidado encontraremos lo que creo es la mejor solución: "la moral... no es más que un caso particular del gobierno divino".
     La cuestión clave en nuestra inquisición será, pues, saber cuál es el objetivo del gobierno divino. Ya todos sabemos que el único fin digno de Dios es Dios mismo; pero lo que tal vez se nos ha pasado es que lo es en cuanto bien común del universo. Ciertamente, pensar que Dios pueda ser bien privado del hombre sería una blasfemia pues haría al hombre superior a Dios. Siendo esto así, no quedaba más que hacer una creación múltiple para que, desde su seno, la creatura racional se pudiera abrir a su Bien Común.
     Ahora bien, la relación con el bien común es muy diferente a la rela­ción con el bien privado. Nos interesa subra­yar tan sólo un aspecto: al bien común se dirige una persona subordi­nándose, entregándose a él, y, con ello, es alzada a un nivel al que no podría siquiera aspirar en su calidad de mero individuo. Este es, justamente, el efecto del bien común en el hombre: lo eleva a cimas a las que los bienes privados jamás podrían alzarlo. Dada, pues, la inmensa superioridad del bien común, no queda más que declararlo fuera del alcance de la persona. Por ello es necesaria la comunidad, de tal manera que las aportacio­nes diferentes de los individuos permitan lo que en soledad les era imposible. ¿Qué ocurre si uno falla en su colabo­ración? No sólo se daña a sí mismo, sino que perjudica a todos los demás[38].
     Siendo esto así, la clave de toda la cuestión está en una correcta interpretación de lo que es la ley. La más sencilla explicación la he hallado en E. Gilson[39]. Como es obvio, en sen­ti­do general, una ley es una regla y se da allí donde se realiza una acción que procura un fin; si no cumple la regla podrá marrar el fin.
     "Cuando uno se esfuerza por extraer el carácter esen­cial que designa la palabra ley, se descubre, más allá de la idea de una simple norma, una mucho más profunda, la de obligación"[40].
     Aunque nuestro autor no lo diga, tal concepto sólo se aplica en propiedad a las creaturas racionales. Su extensión a las irracionales, como lo ha hecho la ciencia moderna, es mera­mente analógica e impropia.
     Prosigue el análisis de nuestro autor:
     "Aún más, no basta que haya orden imperativo de la razón para que haya ley, es preciso también que este orden tienda a otro fin que nuestros fines puramente indivi­duales"[41].
     Os obvio que Gilson está basado en el tratado de la ley de la Suma de Teología y ha ampliado el análisis que, en ésta, se refiere a la ley civil, aplicándolo a la noción misma de ley y, en consecuencia, válido también para la natural y la eterna.
     Llegamos así, a la misma conclusión que desarro­llamos más arriba:
     "Queda una última condición que, aunque en una primera instancia sea más exterior, no es un elemento menos importante de su definición. Puesto que la ley se propone esencialmente la realización del bien, sin ninguna reserva, no podría limitarse al bien de los individuos particulares; lo que ella prescribe ES EL BIEN ABSOLUTO, por tanto, el BIEN COMÚN, y, en conse­cuencia, también el de una colectividad"[42].
     He subrayado las palabras claves. Si bien Gilson no profundiza la cuestión que ha planteado ni saca las mismas consecuencias que he presentado en este trabajo, me parece que están implícitas al poner esta última condición como parte de la misma definición de ley - ampliada, como hemos visto, desde la civil a todas las demás - y agregando una distinción entre el bien común y el de una colectividad. ¿Estaba pensando en el bien común trascendente, es decir, Dios mismo, supremo analogado de todos los bienes comunes? Es muy posible porque poco después señala que hay muchos tipos de comunidades: "la primera y la más vasta es el universo mismo" regido por la ley eterna.

V.- CONCLUSIÓN : TODO ES UNO


     Hay ciertos textos del Evangelio, cuna de la civiliza­ción occidental, que no suelen explicarse ni unirse como debie­ran. El primero ya nos lo citó Pío IX: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto"[43]. Pero el día del juicio - y sea éste el segundo - no seremos juzgados, aparentemente, sobre nuestra perfec­ción sino sobre las obras de misericordia como el mismo Jesús nos lo enseñó[44]. El tercer texto que me interesa es el que nos inci­ta a imitar la bondad de Dios que "hace salir el sol sobre justos y pecadores"[45].
     Es que todo es uno en el Bien Común del universo. Justamente la perfección divina que hemos de imitar es su bondad en virtud de la cual, precisamente, es bien común, y uno de los medios al alcance de todos está manifestado en las obras de misericordia.
     De la misma manera hallamos en santo Tomás una senten­cia clave que, a pesar de su importancia, jamás la he hallado citada en los manuales de ética:
     "Dado que todo hombre es parte de su ciudad, es impo­sible que un hombre sea bueno si no está en buena relación (bene proportionatus) con el bien común..."[46]   
     Si nos sorprende esta observación y quisiéramos restar­le importancia, permítaseme poner un ejemplo muy simple. ¿Hay algo más personal y privado que la virtud de la castidad? Hace algunos días leía un título sensacionalista a propósito de los raptos de adolescentes: "toda mujer está amena­zada". Lo que por cierto no se dice es que el principal culpable de tan ominosa situación es, justa­mente, la campaña en contra de la virtud de castidad llevada a cabo con tanto éxito por medios de comunica­ción de masas. Parece que pocos han advertido que dicha virtud es una obligación impuesta por el bien común ya que del respeto a la mujer depende su seguridad y la estabilidad de los hogares; de la que depende, a su vez, la salud mental de los seres humanos todos. Sólo un varón casto es capaz de observar tal conducta en todas las ocasio­nes en que deba primar el respeto debido a la mujer lo que disminuiría la plaga de divorcios con todas las desastrosas consecuencias que los sociólogos y psicólogos están comenzando a apreciar, para no mencionar todas las enfermedades biológicas que la lujuria trae consigo.
     No podía ser de otra manera. Por ser su fin el Bien Común, el hombre sólo podía ser creado con carác­ter social y con una moral absolutamen­te obliga­toria. De otro modo, no sería natural su sometimiento a la moral, ni sería necesaria la rela­ción que se da entre dicha obligación y su perfección humana. Por lo mismo queda claro que, cualquier desviación de un hombre singular respecto de la norma moral, daña a todos: por­que un bien común es conseguido entre todos; y, por lo mismo, resalta su carácter absoluto, ya que nadie tiene derecho a impedir a otros alcanzar dicho bien, y, así, dañar la creación de Dios. Lo que nos hace comprender - dicho sea de paso - la máxima gravedad del pecado de escándalo por el cual podríamos impedir que nuestro prójimo logre el Bien Común[47]. Porque, en definitiva, todo pro­ce­de de la misma fuente y debe aseme­jarse a ella: la bondad de Dios, bien común del univer­so "que hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos"[48].




                  JUAN CARLOS OSSANDÓN VALDÉS



[1]  Al menos en dos ocasiones Pío XII rechaza estas ideas: en 1952, en que las califica de existencialistas (AAS. Vol. 44, pág. 413 y ss.) y en 1953, en que las llama: “moral personalista” (AAS. Vol. 45, pág. 278). De aquí que el 20 de febrero de 1955, la S.C. del Santo Oficio proscribiera la “nueva moralidad” de todos los seminarios y facultades de teología. (Cfr. J. Flechter: “Ética de Situación”. Trad. Udina. Ariel. Barcelona. 1970. Pág. 47 y 72.
[2]  J.M. Guyau (1854-88) autor de una “Esquisse d’une morale san obligation ni sanction” que pretende desarrollar la filosofía de Spencer.
[3]  Una buena y sintética exposición de esta ética, que es más un ambiente que una doctrina, se halla en el libro citado en la nota Nº 1.
[4]  Ex. XIX, 3-6; XXIV; XXXIV, 10-35. También podría citarse la alianza pactada con Abraham, Gn. XII, 1-3.
[5] Mt. V, 17. Cfr. El diálogo con la samaritana, Jn. V, 20-26.
[6]  Julián Marías: “Biografía de la filosofía”. Revista de Occidente. Pág. 137.
[7] Tal juicio no sería aceptado por el gran conocedor de la sociedad romana de la época imperial: L. Friedländer. “La sociedad romana”. Trad. Roces. Fondo de Cultura Económica. Madrid. 1982, cap. 13, págs. 996-1080.
[8] Rom. 2,14. Si bien es cierto que “Ley”, en san Pablo, designa propiamente a la religión judía - por ello Nácar-Colunga la escribe con mayúscula - no es menos cierto que por algo esa religión quería se conocida como “Ley”.
[9]  A vía de ejemplo podemos citar: Brochard en “La morale ancienne et la morale moderne”, Révue Philosophique Nº 26. 1901, pág. 35. Este autor, ajuicio de Gauthier, ha influido en Zeller, Burnet, Ros y Jaeger. (Comentario a la Ética a Nicómaco. Gothier y Jolif O.P. págs. 566-567). El P. Sertillanges O.P. tampoco duda: “no se menciona (en Aristóteles) ningún imperativo categórico de tipo kantiano” (El cristianismo y las filosofías, pág. 189)
[10]  G.E.M. Anscombe: “Intention”. Pág. 138, nota 15.
[11]  O.c. págs. 568-569.
[12] Ibíd. 570-572.
[13] “Lex est ratio summa, insita in natura, quae iubet ea quae facienda sunt, prohibetque contraria”. De legibus I,6. Trad. R. Labrouse. U. De Puerto Rico. 1968.
[14] Ibíd.
[15]  Marco Aurelio: “Pensamientos”. V,8. Trad. Rodolfo Mondolfo: “El pensamiento antiguo” pág. 205-6
[16]  “Dialectique de l’agir”. E. Vitte. Paris. 1949. Pág. 396-404.
[17]  KRP. Trad. Miñana y Morente. E.V. Suárez. Madrid. 2ª edición. 1963. Pág. 143.
[18] Trad. C. Martín. Aguilar. Buenos Aires. 3ª edición, 1968. Págs. 179-181.
[19]  Cfr. C. V, págs. 94-96. Aubier. Paris. 1961

[20]  Iª parte, c. V, pág. 270. Trad. González. Aguilar. 4ª edición. Madrid. 1964.
[21]  Págs. 68-79. Cito la 7ª edición. Herder. Barcelona. s.d.
[22] “Las grandes líneas de la filosofía moral”. Trad. Pérez. BHF. 1960. Pág. 261.
[23]  “Moral”. Trad. Kirchener. 5ª edición. Herder. Barcelona. 1984. Págs. 266-303.
[24]  O.c. L. II, c.1, Nº 2. Pág. 299.
[25]  Págs. 375-376.
[26]  D. Parodi: “Le problème moral et la pensée contemporaine”. 1910. Págs. 97-98, cit. Por A. Marc en pág. 380.
[27]  M.J. Laversin O.P.: “La loi”: I-II, qq. 90-97, citados en la pág. 382.
[28]  Págs. 386-389.
[29]  Cfr. Págs. 428-432.
[30]  Marc cita la encíclica “Rerum omnium” en la que el Pontífice comenta las palabras de Nuestro Señor: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Pág. 442.
[31]  Págs. 435-439.
[32]  “Ser y deber ser” en “Sobre el hombre y la sociedad”. Rialp. Madrid. 1976.
[33]  Pág. 55.
[34]  Pág. 57.
[35]  Cfr. S. Th. I-II, q.94, a.3.
[36] Pág. 79.
[37] Pág. 39.
[38]  Sobre el tema del bien común, tan mal entendido en la actualidad, me permito recomendar: “De la primacía del bien común contra los personalistas”. Ch. De Koninck. Trad. Artigas. Cultura Hispánica. Madrid. 1952.
[39]  “El tomismo” 3ª parte, c.1,4. págs. 469-478.
[40]  Ibíd. 468-479.
[41]  Ibíd. Pág. 470.
[42]  Ibíd. 471.
[43]  Mt. VI,48.
[44]  Mt. XXV,31-46.
[45]  Mt. V,45.
[46]  Iª-IIª, q.92, a.1, ad.3m.
[47]  Mt. XVIII,6-10.
[48]  Mt. V,45.

lunes, 4 de julio de 2016

Osvaldo Lira, SS.CC.

Defensa de la inteligencia
Uno de los fenómenos que han venido manteniéndose en vigor con más continuada persistencia dentro de la psicología individual y colectiva de los tiempos espiritualmente modernos es la desconfianza instintiva, elemental, que desde hace cuatro siglos viene sintiendo el espíritu humano hacia la más noble de sus propias facultades, como es la inteligencia. Se trata de una desconfianza no cualquiera, sino radical, que se manifiesta hasta en los más pequeños detalles de la vida, y que va desde el racionalismo exasperado de Descartes hasta las filosofías de tipo vitalista o existencialista de Kierkegaard. Nietzsche y Schopenhauer, o bien desde sectores inequívocamente heterodoxos hasta mentalidades como Blondel o Papini, centradas en la más pura, rigurosa y sincera sumisión a la doctrina católica. Sin pretender levantar ahora todo un aparato crítico para demostrar nuestra aseveración, queremos nada más señalar algunas de las causas que han permitido la vigencia de esta desgraciada actitud en ambientes católicos intelectuales, que son los que más nos interesan, y esto, por un doble motivo: primero, porque no siendo posible defender con eficacia los fueros de la inteligencia sino dentro del catolicismo no podemos extrañarnos de que un acatólico, o más bien un no católico, sea antiintelectualista, y luego, porque cuando a la circunstancia de vivirse con dignidad la verdadera Iglesia se suma la de hallarse bien dotado desde el punto de vista del entendimiento y de la discreción, es posible esperar los máximos frutos para la causa de la verdad, porque es entonces cuando la virtualidad de la gracia ha de manifestarse ante las miradas atónitas de los hombres con todo el realce de su brillo divino. Porque aun cuando se da con relativa frecuencia el caso de santos que, no obstante hallarse mal provistos de dones naturales, han ejercido influjo avasallador en su época y ambiente, como un Juan Bautista Vianney, por ejemplo, lo normal es que tal misión corresponda a los espíritus naturalmente elevados, obedeciendo el fenómeno ahora mismo señalado a la falta de correspondencia a la gracia tan frecuente por parte de dichos espíritus, o bien a que Dios quiere manifestar con meridiana claridad la trascendencia de su poderío respecto de sus criaturas.
Una de las causas apuntadas consiste evidentemente en la falta de libertad de la mayor parte de los católicos de hoy día, de lo cual hemos hablado ya en el prólogo a nuestra traducción castellana de Le procès de l’Art, de Stanislas Fumet. Recelosos ante las numerosas herejías y errores de tipo intelectivo natural que deben su origen a espíritus indudablemente flexibles, penetrantes y bien cultivados, sienten horror ante una facultad que es capaz de permitir semejantes excesos, renunciando, en un arranque de ascesis que ellos creen heroico y que no es sino pusilánime, a las ventajas, insustituibles para el hombre, de hallarse dirigidos, normalizados, por la razón. En su ignorancia absoluta de la estructura psicológica del hombre, desconocen que muchísimos de los errores que han perturbado la vida de la Humanidad han tenido su raíz en desviaciones no del entendimiento, sino de la voluntad, porque, como ya apuntó Santo Tomás, con su sagacidad soberana, el juicio práctico, para ser recto, o, lo que es igual en este caso, para ser verdadero, supone la rectificación del apetito, uno de cuyos sectores es esa misma voluntad. De aquí proviene, de esa ignorancia a que aludimos, que esos católicos corran afanosos en pos de diferentes ersatz o sustitutos de la inteligencia, tales como el sentido práctico, la prudencia o el buen criterio (vocablos todos que vienen a padecer en sus labios cierta violenta capitis diminutio), como si fuese posible aniquilar o siquiera alterar en lo mínimo el plan de Dios, aquel plan que reserva a nuestra facultad captadora y catadora de esencias la misión de regir en último término todas las acciones humanas del hombre. Y los resultados están a la vista. La vida habitual y ordinaria de ese tipo de católicos termina siempre por resolverse en un tejido de contradicciones, cuya característica más alarmante es la de ser inconscientes. Así es también como, sin sospecharlo y con la mejor intención del mundo –se dice que el infierno está cuajado de buenas intenciones–, se erigen real y verdaderamente en auxiliares, preciosos por lo insospechados, de todos los enemigos del cristianismo. Es el eterno error de renunciar a los beneficios que brotan de una perfección determinada por los peligros que ella entraña; el error, en una palabra, de los cobardes, de los que no se han parado jamás a pensar que cuando un don de Dios produce en nosotros frutos de perdición, no se debe a su origen divino, sino al pésimo manejo que de él hacemos los hombres.
Porque el catolicismo implica inevitablemente un concepto totalitario de la vida, en el sentido de que no hay, no puede haber, faceta alguna de nuestra actividad especulativa o práctica que logre sustraerse a su influjo. Desde el momento que poseemos la gracia santificante –o, lo que es igual, el germen de vida divina– per modum naturae, no podemos contraponerla a los principios próximos de nuestras acciones. Lejos de eso, nos encontramos en presencia de ella ante un principio remoto, susceptible, por lo mismo y al igual de la naturaleza considerada como fuente de acciones, de resolverse en un sinnúmero de planos activos, provistos todos ellos, por cierto, de su objetivo determinado. Los que recelan de la inteligencia desconocen ese carácter vital de la gracia, cayendo en un pecado que podríamos llamar de ritualismo –dándole a la partícula ismo el sentido peyorativo que por lo general, no siempre, tienen los ismos–, porque no se dan cuenta de que el árbol de la naturaleza sobreelevada por gracia, árbol bueno si los hay en este mundo, no puede dejar nunca de producir frutos de bendición.
Otra de las causas, que, por lo demás, no atañe tanto a los católicos en cuanto tales como a aquellos de entre los espíritus naturalmente exquisitos que derivan hacia las diferentes facetas de la actividad creadora, reside en confundir inmovilidad con inactividad. En este error incurren entendimientos ideológicamente tan dispares entre si como Unamuno, Blondel y Papini. El recio bilbaíno se complace a menudo en oponer el frío helado de la inteligencia al calor de la imaginación, mientras que el escritor italiano se expresa siempre en los términos más despectivos de los filósofos escolásticos, a los cuales tilda de racionalistas insoportables; en cuanto a Blondel, toda su doctrina se encamina precisamente a la finalidad y muy concreta de emancipar la vida respecto de la regulación intelectual. Ignoran todos ellos que existe un doble tipo de inmovilidad, o más bien, para hablar exactamente, un doble tipo de reposo: el de la inercia y el de la actividad infinita, y que, de los dos, es este último y no aquél el que se identifica con la repugnancia congénita e invencible a todo movimiento, de suerte que puede establecerse como doctrina segura –como la única segura– que a menor movilidad corresponde mayor actividad, y viceversa. Es ese reposo de la perfección el que, considerado superficialmente y sin atender a su auténtica razón de ser, hace que se identifique a la inteligencia con la frialdad, como en el caso de Unamuno, o que se la oponga a la vida, como en el de Blondel u Ortega, como si el inteligir no fuese en el hombre la forma más alta de vida natural, y aun sobrenatural, desde el momento que la propia experiencia mística se resuelve, considerada desde su aspecto operativo, en la actividad supremamente intelectual del don de sabiduría.
Papini merece mención aparte. Su error principal, muy corriente, por lo demás, en los ambientes católicos intelectuales –de los otros, los no católicos y los no intelectuales, no hablamos, por el momento–, consiste en identificar intelección con razonamiento o raciocinio, dejando así reducida la actividad peculiar de la inteligencia a la sola función discursiva. Error gravísimo, si se piensa que de los seres espirituales o inteligentes (lo mismo, da) el único que discurre es el hombre. O sea, que la función típica de la inteligencia es la intuición, y que en el caso de la del hombre intuye porque es inteligencia y discurre única y exclusivamente porque es humana. Así es como queda restaurada la más noble de nuestras facultades en el lugar eminente que de derecho le corresponde y en la posibilidad de que le sean atribuidas, también en virtud de derecho indiscutible, ciertas proyecciones externas de la personalidad que generalmente se le suelen regatear, tales como la actividad creadora o poética considerada incluso en su fase preliminar de inspiración, aún no puesta en juego ni diferenciada en consecuencia por los instrumentos materiales que han de plasmar simultánea o sucesivamente la creatura poética. Considerada la inteligencia en la plenitud de su trascendencia, desaparecen como por ensalmo todos los recelos y desconfianzas que suelen alimentarse en contra de ella, o a lo menos deben desaparecer, porque ofrece entonces tal riqueza de caracteres, tal amplitud de proyecciones, que para quien sepa captarlos sólo puede provocar la más profunda admiración.
Tal debe ser la actitud del cristiano. Para él, la única manera aceptable y acertada de mirar o contemplar la inteligencia humana es la de considerarla como reflejo propio –no adecuado, ciertamente, pero sí propio– de la inteligencia divina. Pero la inteligencia divina, por la emisión o dicción del Verbo –emisión o dicción que ella realiza en cuanto poseída por el Padre– sirve de cuasi norma ontológica a la procesión del Espíritu Santo, término infinitamente subsistente del amor entre el Padre y el Verbo, por cuya razón no podemos ni debemos pretender jamás, si queremos mantenernos dentro de los límites de la vida cristiana verdaderamente ejercida, hacer brotar en nuestro yo personal o en sociedad afectos, inclinaciones o tendencias que arranquen de estados anímicos emancipados de toda normalización racional. Debemos, en cambio, todos los hombres, pero de especialísimo modo los cristianos, llegar al convencimiento estable y eficaz de que la actividad intelectiva y, por consiguiente, la propia inteligencia no hacen nada menos que procurarnos la posesión anticipada, bajo forma intencional, de la realidad misma cuyo dominio físico perseguimos, y que como es del todo imposible que lleguemos al término de un proceso, cualquiera que fuere, prescindiendo del punto de partida, tampoco lograremos jamás ejercer la vida humana que nos corresponde sin someternos humildemente, ahincadamente, íntegramente, a las exigencias específicas de nuestro intelecto. Esto no es racionalismo, sino humanismo: esto no es refrenar ni menos aún agostar impulsos vitales, sino tan sólo encauzarlos, a fin de aumentar su penetración y eficacia. Con la corroboración inefable y sublime que nos ofrece la vida de la bienaventuranza, en la cual la visión beatífica, lograda por el hombre, de la esencia divina ha de realizarse no en virtud de determinaciones intrínsecas representativas, sino directamente de aquella misma esencia infinita que ha de servir también de término inmediato a la intelección. La visión de Dios en la gloria viene a restaurar a la inteligencia del hombre en el sitio de excepción que le corresponde y del cual se veía apartada en este mundo por la oscuridad inevitable de la fe. Si en este mundo la caridad, virtud cimera del plano de lo voluntario, es superior a la fe, virtud directamente sobrenaturalizadora de la inteligencia, en el otro, el de la gloria eterna, la caridad habrá de fructificar en visión intelectual, en visión, por lo demás, que habrá de estar dotada de las características más plena y específicamente entrañadas del conocimiento por connaturalidad; en visión –para decirlo de una vez– que los místicos llaman sabrosa, con lo cual quedará asegurada la primacía de la inteligencia. Nada hay más peligroso que desquiciar las verdades, y más aún si éstas pertenecen al número de las relacionadas directamente con nuestro porvenir eterno. El hecho de que en este mundo la prelación corresponde, en lo relativo a nuestro fin último, a la voluntad, no se debe sino a la circunstancia de que la vida sobrenatural no ha logrado aún, porque no puede lograrlo aquí abajo, su pleno y perfecto desarrollo.
No desquiciemos, pues, el ejercicio de nuestro propio ser, de nuestra propia condición humana, en nombre de activismos incontrolados, cuya única calificación acertada es la de fanáticos. El Doctor Angélico nos afirma categóricamente que el primer principio de los actos humanos es la razón. En virtud de este aserto, abandonemos todo recelo contra la más noble de nuestras facultades, contemplémosla en toda la amplitud de su trascendencia magnífica y dejémonos guiar por su magisterio, pues es en ella misma o, a lo menos, por su necesario intermedio, donde brotan las sugerencias salvadoras con que el Espíritu divino quiere conducirnos suave y eficazmente al lugar de nuestra eterna felicidad.

sábado, 2 de julio de 2016

¿Existe un peligro de guerra mundial?.

Nosotros, los abajo firmantes, somos rusos viviendo y trabajando en los EEUU. Hemos estado observando con creciente ansiedad como las políticas actuales de los EEUU y la OTAN nos han puesto en el curso de una colisión extremadamente peligrosa con la Federación de Rusia, al igual que con China. Muchos respetados patriotas americanos, como Paul Craig Roberts, Stephen Cohen, Philip Giraldi, Ray McGovern y muchos más han emitido advertencias de una inminente Tercera Guerra Mundial. Pero sus voces casi se han perdido entre el estruendo de unos medios de comunicación que están llenos de historias engañosas e inexactas que caracterizan a la economía rusa como sumida en la confusión y al ejército ruso como débil, todo basado en ninguna evidencia. Pero nosotros, que conocemos tanto de la historia de Rusia y el estado actual de la sociedad rusa y el ejército ruso, no podemos tragar estas mentiras. Ahora sentimos que es nuestro deber, como rusos que viven en los EE.UU., advertir al pueblo estadounidense que les están mintiendo, y debemos decir la verdad. Y la verdad es simplemente esta.



Si va a haber una guerra con Rusia, entonces los Estados Unidos serán sin duda destruidos, y la mayoría de nosotros terminaremos muertos.

Echemos un paso atrás y pongamos lo que está sucediendo en un contexto histórico. Rusia ha sufrido mucho a manos de los invasores extranjeros, perdiendo 22 millones de personas en la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los muertos eran civiles, debido a que el país fue invadido, y los rusos han prometido no dejar nunca que un desastre así ocurra de nuevo. Cada vez que Rusia ha sido invadida, salió victoriosa. En 1812 Napoleón invadió Rusia; en 1814 caballería rusa entró en París. El 22 de junio de 1941, la Luftwaffe de Hitler bombardeó Kiev. El 8 de mayo de 1945, las tropas soviéticas, entraron en Berlín.



Pero los tiempos han cambiado desde entonces. Si Hitler atacara a la Rusia de hoy, terminaría muerto 20 a 30 minutos más tarde, su búnker reducido a brillantes escombros por el impacto de un misil de crucero supersónico Kalibr lanzado desde un pequeño barco de la Armada rusa desde algún lugar en el Mar Báltico. Las capacidades operativas de los nuevos militares de Rusia han sido más que persuasivamente demostradas durante la reciente acción contra ISIS, Al Nusra y otros grupos terroristas que operan con fondos extranjeros en Siria. Hace mucho tiempo, Rusia tenía que responder a las provocaciones luchando batallas en la tierra en su propio territorio, a continuación, lanzar una contra-invasión; pero esto ya no es necesario. Las nuevas armas de Rusia hacen posible la represalia instantánea, indetectable, imparable y perfectamente letal.

Por lo tanto, si mañana una guerra llegara a estallar entre los EE.UU. y Rusia, se garantiza que los EE.UU. sería aniquilados. Como mínimo, la red eléctrica dejaría de existir, no habría Internet, no habría tuberías de petróleo y gas, no habría un sistema de carreteras interestatales, no habría transporte aéreo o de navegación basada en GPS. Los centros financieros se encontrarían en ruinas. El Gobierno en todos sus niveles dejaría de funcionar. las fuerzas armadas de Estados Unidos, estacionados en todo el mundo, ya no podrían ser reabastecidos. Al extremo, toda la masa continental de los EE.UU. se vería cubierta por una capa de ceniza radiactiva. No les decimos esto para ser alarmistas, sino porque, en base a todo lo que sabemos, nosotros mismos estamos alarmados. Si es atacada, Rusia no dará marcha atrás; ella va a tomar represalias, y ella aniquilará por completo a los Estados Unidos.




El liderazgo de Estados Unidos ha hecho todo lo posible para empujar la situación al borde del desastre. En primer lugar, sus políticas anti-rusas han convencido a los dirigentes rusos que hacer concesiones o negociar con Occidente es inútil. Se ha hecho evidente que Occidente siempre apoyará cualquier individuo, movimiento o gobierno anti-ruso, ya sean oligarcas rusos evasores de impuestos, criminales de guerra Ucranianos condenados, los terroristas wahabíes chechenos apoyados por Arabia Saudita o punkies para buscan profanar la Catedral de Moscú. Ahora que la OTAN, en violación de sus promesas anteriores, se ha expandido hasta la frontera rusa, con las fuerzas estadounidenses desplegadas en los estados del Báltico, dentro del alcance de la artillería de San Petersburgo, la segunda ciudad más grande de Rusia, los rusos han quedado sin ningún espacio donde replegarse. No van a atacar; ni se van a retirar o rendirse. El liderazgo de Rusia goza de más del 80% de apoyo popular; el 20% restante parece sentir que está siendo demasiado blando en su oposición a la invasión occidental. Sin embargo, Rusia tomará represalias, y una provocación o un simple error podría desencadenar una secuencia de eventos que terminarán con millones de estadounidenses muertos y el de los Estados Unidos en ruinas.

A diferencia de muchos estadounidenses, que ven la guerra como una emocionante y victoriosa aventura en el exterior, los rusos odian y temen la guerra. Pero también están preparados para ella, y se han estado preparando para la guerra desde hace varios años. Su preparación ha sido más eficaz. A diferencia de los EE.UU., que derrocha incontables miles de millones en dudosos programas de costosas armas, tales como el luchador para trabajo conjunto F-35, los rusos son muy tacaños con sus rublos para defensa, consiguen cerca de 10 veces el retorno de la inversión en comparación con la inflada industria de defensa de EE.UU. Si bien es cierto que la economía rusa ha sufrido por los bajos precios de la energía, está lejos de ser un caos, y se espera un retorno al crecimiento el próximo año. El senador John McCain llamó una vez a Rusia “Una gasolinera que se hace pasar por un país.” Bueno, él mintió. Sí, Rusia es el mayor productor de petróleo del mundo y el segundo mayor exportador de petróleo, pero también es el mayor exportador mundial de los cereales y la tecnología de la energía nuclear. Es tan avanzado y sofisticado como la sociedad en los Estados Unidos. Las fuerzas armadas de Rusia, tanto convencionales como nucleares, ya están listas para luchar, y que están más que a la altura de los EE.UU. y la OTAN, especialmente si estalla una guerra en cualquier lugar cerca de la frontera con Rusia.


Pero esta lucha sería suicida para todos las partes. Creemos firmemente que una guerra convencional en Europa tiene una gran posibilidad de convertirse en nuclear muy rápidamente, y que cualquier ataque nuclear de EE.UU. / OTAN sobre las fuerzas o territorio ruso dispararía automáticamente un ataque nuclear ruso de retaliación a los Estados Unidos continentales. Contrariamente a las declaraciones irresponsables hechas por algunos propagandistas estadounidenses, los sistemas de misiles antibalísticos estadounidenses son incapaces de proteger al pueblo estadounidense de un ataque nuclear ruso. Rusia tiene los medios para atacar a blancos en los EE.UU. con armas nucleares de largo alcance, así como las armas convencionales.

La única razón por la que EE.UU. y Rusia se han visto en un curso de colisión, en lugar de reducir las tensiones y aumentar la cooperación en una amplia gama de problemas internacionales, es la terca negativa por parte del liderazgo de Estados Unidos de aceptar a Rusia como un socio igual: Washington está empeñado en ser el “líder mundial” y la “nación indispensable”, aun cuando su influencia disminuye de manera constante como consecuencia de la estela dejada por su política exterior y los desastres militares, tales como Irak, Afganistán, Libia, Siria, Yemen y Ucrania. La continuación el liderazgo mundial de Estados Unidos es algo que ni Rusia, ni China, ni la mayoría de los otros países están dispuestos a aceptar. Esta pérdida gradual pero evidente de poder e influencia ha causado que el liderazgo de Estados Unidos se torne histérico; y no hay más que un pequeño paso de histérico a suicida. Los líderes políticos de Estados Unidos deben ser puestos bajo vigilancia de suicidio.


En primer lugar, estamos apelando a los comandantes de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos a seguir el ejemplo del almirante William Fallon, quien, cuando se le preguntó acerca de una guerra con Irán, según los informes, respondió “no ocurrirá bajo mi turno.” Sabemos que no es suicida, y que no desea morir por el beneficio de la arrogancia imperial fuera de control. Si es posible, informe a su personal, colegas y, sobre todo, sus superiores civiles que una guerra con Rusia no va a suceder en su turno. Por lo menos, hacerse esa promesa a sí mismo, y, si el día llega cuando se emita la orden suicida, simplemente negarse a ejecutarla con el argumento de que es criminal. Recuerde que de acuerdo con el Tribunal de Núremberg “Iniciar una guerra de agresión … no es sólo un crimen internacional; es el crimen internacional supremo, que sólo difiere de otros crímenes de guerra en que contiene en sí el mal acumulado del conjunto. Desde Núremberg, “sólo estaba siguiendo órdenes” ya no es un argumento válido de defensa; por favor no se convierta en criminal de guerra.

También hacemos un llamamiento a los estadounidenses a tomar acción pacífica pero contundente de oponerse a cualquier político o entidad que participe en irresponsables provocaciones a Rusia, y que tolera y apoya una política de confrontación innecesaria con una superpotencia nuclear que es capaz de destruir los EE.UU. en aproximadamente una hora. Hable, rompa la barrera de la propaganda de los medios de masas, y haga a sus compatriotas conscientes del inmenso peligro de una confrontación entre Rusia y los EE.UU.


No hay ninguna razón objetiva por la que Estados Unidos y Rusia deban considerarse mutuamente como adversarios. La confrontación actual es enteramente el resultado de los puntos de vista extremistas del movimiento neoconservador, cuyos miembros se han infiltrado en el Gobierno Federal de los EE.UU., y que consideran a cualquier país que se niega a obedecer sus dictados como un enemigo a ser aplastado. Gracias a sus incansables esfuerzos, más de un millón de personas inocentes han muerto ya en la antigua Yugoslavia, en Afganistán, en Irak, Libia, Siria, Pakistán, Ucrania, Yemen, Somalia y en muchos otros países, todo a causa de su insistencia maniática que los EE.UU. debe ser un imperio mundial, no solo un país normal y regular, y que cada líder nacional o bien debe inclinarse ante ella, o ser derrocado. La fuerza irresistible que es el movimiento neoconservador ha encontrado en Rusia por fin un objeto inamovible. Hay que obligarlos a retroceder antes de que nos destruyan a todos.

Tenemos la certeza categórica que Rusia nunca atacará a los EE.UU., ni a ningún país de la UE, que Rusia no está interesada en absoluto en la recreación de la URSS, y que no hay una “amenaza rusa” o “agresión rusa.” Gran parte del reciente éxito económico de Rusia tiene mucho que ver con el derrumbamiento de antiguas dependencias soviéticas, lo que permite fomentar una política de “Rusia primero”. Pero, estamos completamente seguros que, si Rusia es atacada, o incluso amenazada de ataque, que no dará marcha atrás, y que el gobierno ruso no va a “pestañear”. Con gran tristeza y un peso en el corazón, van a cumplir su deber jurado y darán rienda suelta a un bombardeo nuclear a partir del cual los Estados Unidos nunca se recuperará. Incluso si todo el gobierno ruso muere en un primer ataque, la llamada “mano muerta” (el sistema “Perimetr”) se iniciará automáticamente y se detonarán suficientes armas nucleares como para barrer a los EE.UU. del mapa político. Creemos que es nuestro deber hacer todo lo posible para evitar tal catástrofe.

Eugenia V Gurevich, PhD http://thesaker.ru/
Dmitri Orlov http://cluborlov.blogspot.com/
El Saker (A. Raevsky) http://thesaker.is/
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