lunes, 4 de junio de 2012

Bien Propio v/s el Bien Común 2



             Bonum alienum v/s Bonum suum:
    Siempre se corre el riesgo a equivocarse respecto a la búsqueda y obtención del bien. Por nuestra fragilidad humana, tendemos siempre a buscar lo más fácil y placentero. Rehuímos el dolor y la tristeza para buscar la alegría y el placer. Nos gusta la buena comida, la buena casa, la buena ropa, los buenos autos, los buenos amigos, y una holgada posición económica y social. Por lo general, se busca el máximo de confort para nuestra vida.  El bien común, en esta manera de vivir la vida aparece como algo ajeno y contrario a nuestros ideales de vida. ¿ De qué bien común me hablan?, si estoy pasándo fantástico en la vida, todo me sonríe.
     ¿ Para qué velar por un orden jerárquico externo a mi singularidad? Vivo feliz sin tener que necesitar de un bien común allende a mi persona. Al no visualizar el orden hacia el cual se dirigen nuestras vidas, el bien comúm se constituye para nosotros en un concepto abstracto que representa un obstáculo para nuestra felicidad. Romper la raíz de nuestra singularidad involucra un esfuerzo del hombre en su dimensión intelecto volitiva. Veo el bien superior, y me adhiero con todo mi ser para alcanzar ese fin.
     Romper nuestro estado in nuce, implica romper con nuestra pereza y complacencia singular o entitativa. La cáscara de nuez que envuelve nuestras vidas en una entidad sigularizada, hace que nos mantengamos relegados a la concupiscencia sensible de los bienes que nos rodean. Para alcanzar una recta inteligencia , hay que realizar un gran esfuerzo intelectual, donde se debe subordinar el sentido y el instinto a la razón.
  De hecho, una gran mayoría no visualiza claramente donde se encuentra el bien común y por tanto se equivoca en su objetivo. La inteligencia se nubla por la invación de lo sensible. A lo sumo logramos visualizar bienes físicos que se asemejan en parte a lo que deberíamos considerar como el bien común.
   Cuando nos despertamos cada día, no lo hacemos pensando en el bien común. Más bien, tratamos de centrarnos en las actividades cotidianas que debemos realizar en conformidad de nuestras profesiones u oficios. No obstante esto, nuestro deseo implícito siempre deberá estar centrado en hacer el bien y evitar el mal. Aquí radica la diferencia entre los que tratan de seguir el orden establecido por Dios y quienes se rebelan por causas que sólo ellos conocen. El acto de rebelión lleva implícito un deseo muy fuerte de una felicidad autárquica, auto generada.
  La creatura racional no es capaz de entender el orden del universo. No lo es, ya que nuestra existencia es una parte en ese orden. Pero es una parte más perfecta que la simple materia inerte. Esta parte se entiende sólo en vista al fin hacia el cual debiera tender. Alejarse de ese fin que es Dios mismo es llevar la existencia a un camino de autoaniquilación eterno.
   Nuestro Señor dijo de aquel que lo iba a traicionar que más le hubiera válido no haber nacido. Lo dijo pensando en que el acto de traición hacia el Creador conlleva a un alejamiento del orden, del bien. Lanzándonos al despeñadero del fuego eterno del infierno. ¿ Pero por qué alguien procede así, si todos quieren la felicidad eterna? Es verdad, nadie quiere sufrir para la eternidad, pero todos saben que existen dos caminos en la vida: El del infierno, la puerta ancha hacia la cual caminan muchos seducidos por los bienes de este mundo, y El del cielo, aquellos que se dejan amoldar por las manos amorosas del Padre.
   El bien común encuentra su causa y se identifica siempre con Dios. Todo procede de Él por un  deseo de su voluntad divina de comunicar todo su bien. De allí que en el Génesis se diga: Dios creó el cielo y la tierra, y vió Dios que todo era bueno. Todo lo bueno nace de Dios. ¿ Y de dónde entonces el mal en el mundo? Esta pregunta es tan recurrente en muchos de nosotros, sobretodo cuando vemos sufrir a tanta gente a causa de la maldad del hombre. Siempre nos preguntamos,¿ por qué Dios permite tanto dolor? ¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento?.¿ Y por qué Dios permite nuevos nacimientos sabiendo que esa gente viene a sufrir?
      A raíz de una conversación sobre este mismo tema, me dijeron que si nosotros pudieramos convencer a todas las personas para no tener hijos eso haría que se acabara el mal en el mundo. Si pudiéramos torcerle la mano a Dios, por llamarlo así, ya nadie más se condenaría. Al no haber más nacimientos, las condenas en el infierno desaparecerían. Pensar así no es pensar en el bien común. Pensar así es rebelarse contra un orden que viene de lo alto. Pensar así no es amar al prójimo. Ya que amar es hacerlo en el bien, y no hay bien más excelso, que Dios. Alejar la creatura de Dios, es alejarla de su fin, del orden para el cual fue creada.
    Pero claro me dirán, pero no se puede decir lo mismo de los que se condenan. Evidentemente que no, si las puertas del infierno son anchas, ¿ para qué crear almas para la condenación?. ¿ Quién sabe con certeza que se va a salvar? Obviamente que nadie, pero nuestro deber, ya que tenemos la existencia, es luchar con todas nuestras fuerzas para alcanzar ese fin. Pero pese a ello, me dirán, muchas almas se condenan, ya que el infierno está plagado de buenas intenciones.
    No sé cuan buenas intenciones sean la de los condenados en el infierno, pero sí sé que uno debe cultivar las tres virtudes  teologales; fe, esperanza y caridad. Y lo demás, hay que dejárselo a Dios. Nuestro conocimiento del fin último para el cual Dios hizo todas las cosas, siempre va a ser limitado, va a estar sujeto a la revelación. La especulación teológica que podamos hacer siempre se hará sobre las bases de la revelación. No podemos entenderlo todo, siempre la verdad es superior a nuestro razonamiento natural, la luz de la fe nos ilumina, pero hasta cierto punto. No puede sobrepasar nuestras limitaciones de creaturas temporales.
      Un agnóstico nunca va a hablar de bien común. Si es que lo habla, lo hará pensando en el bien físico de un grupo de individuos, en desmedro de una gran mayoría. Su noción de bien siempre va a ser errónea. Para un agnóstico la singularidad va a ser el bien máximo que pueda alcanzar. Su desvinculación del bien participativo con las demás personas pasará a ser una relación de conveniencia en el orden práctico. Yo beneficio en lo que puedo de los que me rodean, y ellos reciben de mi lo que más les conviene. Su modo de relacionarse va a ser por intercambio de intereses egoístas.¿ Pero que pasa entonces con el agnóstico filantrópico? Su caracter filantrópico no hará que pierda su amor a su singularidad. Por el contrario, aunque parezca raro decirlo, su afán de dar a los otros va a estar condicionado a su proyección de su egoísmo singularista. Va a dar por sentirse bien con el mismo, por reafirmarse con su yo, pero jamás lo hará por un amor verdadero por el prójimo.
    Es distinto dar por amor a Dios que dar por amor a uno mismo. Cuando uno da por amor a Dios, lo hace sin esperar nada a cambio. No esperamos agradarnos nosotros mismos ni agradarnos en  los otros, damos sólo por amor hacia quien nos creó. Por ello siempre el amor a Dios va a ser el amor más perfecto que podamos realizar. De allí la importancia del sacerdote o religioso que ofrece su virginidad por amor a Dios. Su oblación tendrá eco en la eternidad.  Dios nunca abandona a los suyos, ni menos a aquellos que lo dan todo por Él.
      Finalmente, y tal como ya una vez me lo dijeron, entonces: ¿Cómo definiría usted el bien común? Mi definición de bien común va a estar sujeta a la posición que postula Santo Tomás. El bien común es aquello hacia lo cual todas las cosas tienden en vista de su perfección final. Como la perfección final  se da en Dios. El bien común  será el ordenamiento de mi bien singular  hacia el bien trascendente que viene de Dios. Aquí ya no existen dos lecturas sobre el tema: o me ordeno o me "desordeno". No hay términos medios, esa será siempre el dilema de nuestra existencia.
  
   

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