sábado, 9 de julio de 2016

REALIZACIÓN PERSONAL Y BIEN COMÚN

REALIZACIÓN PERSONAL Y BIEN COMÚN



                        Los términos que sirven  de título a estas líneas expresan el gran problema que todas las utopías tratan de solucionar. Por desgracia, el éxito no acompaña a las intenciones y siempre se presentan dichos términos en grave oposición. No ha sido rara la solución que, olvidando los extremos, ha dejado tan sólo al otro en acción. Así el liberalismo se ha preocupado de la realización personal, suponiendo que de ella dependía la del todo.  Una sociedad de individuos felices es una sociedad feliz, y como toda sociedad está compuesta por individuos, tan sólo importa la realización personal de estos. Las terribles consecuencias del capitalismo, las injusticias sin cuenta y los abismos que creó entre ricos y pobres, hicieron ver, hasta a los más ciegos, que la utopía democrático-liberal no servía. Como reacción, y pretendiendo salvar la democracia, surgió el socialismo; para el cual lo realmente importante era el bien común olvidado por la otra tendencia. Una sociedad que logre realizarse como sociedad hará felices a los individuos que la componen. Pero, entre los que han tenido que padecer esa sociedad, hasta los más obtusos han comprendido su falacia: por muy “progresista” que sea, una sociedad de esclavos no logra satisfacer a ninguno de ellos.. Podríamos compara los campos de concentración y trabajo forzado creados por los socialismos “reales” con las casuchas miserables y “Villas miserias” que brotan en el otro sistema.
                        Parece, pues, imposible conciliar los extremos. Si se busca primera y únicamente el bien común, se esclaviza a los ciudadanos; mas si se lo olvida para proclamar que únicamente interesa la realización personal de los individuos, aparecen las más increíbles injusticias y diferencias entre los miembros de la comunidad.
                        Tal vez el error fundamental radique en que ambas doctrinas han fallado en la correcta intelección  de lo que constituye tan básicos conceptos. Incluso entre los católicos, iluminados por la doctrina social de la Iglesia, y hasta entre los tomistas, no parece que siempre se comprenda con claridad en qué consistan. Pero, aunque se los entienda bien, queda el terrible problema de su conciliación; que es lo que parece más difícil de lograr.
                        Para todo cristiano, la realización personal se logra en la bienaventuranza eterna, y  no es posible otra. Esta verdad ha sido olvidado una y otra vez, especialmente en política. En el aspecto teórico, empero, si excluimos a los apóstata contaminados de marxismo, parece que todos tuvieran muy clara dicha aserción. Por lo demás es una de las verdades más repetidas por el mismo Salvador, por lo que se necesita de una muy peculiar grosería espiritual para no comprenderlo. Lo que no resulta nada fácil de refutar es la terrible acusación, lanzada por M. Kant, en contra de esta concepción. Si el hombre busca su propia bienaventuranza, lo que realmente pretende es su bien personal, y, por lo mismo, es el supremo egoísta; expresado con otras palabras más violentas: el supremo inmoral.
                        Para ayudar a comprender tan difícil tema nos apoyaremos en santo Tomás de Aquino y intentaremos comprender que Dios, como fin último del hombre, no puede ser considerado como su bien particular, lo que sería amarse a sí mismo en vez de amar a Dios; sino como el bien común de la creación, y, por lo tanto, bien del hombre en cuanto es parte de ella. Además, entenderemos que la búsqueda de la felicidad propia no es un acto de egoísmo ni excluye el amor de Dios por sí mismo, sino que lo supone. O, mejor dicho, el amor de Dios por sí mismo produce la bienaventuranza que el hombre anhela.
                        Tal parece que se nos hubiera olvidado el preámbulo político con el que comenzamos nuestras consideraciones y nos hubiésemos desviado totalmente del propósito inicial. Recordemos que hemos sospechado que el problema puede radicar en una mala conceptualización de orden doctrinal, previa a la estructuración política que las doctrinas mencionadas han procurado construir. Por lo mismo, hay que elevarse a la metafísica para juzgar a la política si queremos llegar al meollo de la cuestión. Una vez comprendido a esas alturas los conceptos de los que partimos, nos será posible descender a su aplicación política e intentar una nueva solución.
                        La noción que, tal vez, más sorprenda es la que declara que Dios es el bien común del hombre y que, en cuanto tal, es su fin. No es, pues, el hombre como individuo quien tiene por fin último a su Creador, sino el hombre como parte del universo al que pertenece. Por lo que no hay esa pretendido línea directa con Dios que tantos se esfuerzan por hallar   buscándola afanosamente en los Himalayas o en el valle del Elqui.
                        Por estar aquí, a nuestro juicio, la clave del problema, será éste el primer tema a tratar.

EL BIEN COMÚN


                        Cuando hablamos del bien común, nos referimos a un bien honesto; es decir, a algo que es bueno en sí mismo, cuya bondad no aparece en dependencia de ninguna otra. Si tal fuera el caso, estaríamos ante un bien útil o deleitable, cuya bondad depende de otra. Por otra parte, el bien común se distingue del particular o privado. Mas comencemos con su noción general:
“(el bien común es) aquel que pertenece a este o aquel en cuanto es parte de algún todo, como al militar en cuanto es parte del ejército y al ciudadano en cuanto es parte de la ciudad”[1]
                                   Si comprendemos que el hombre es parte del universo y que sólo como tal puede orientarse a Dios, deberemos aceptar que Dios es su fin en cuanto bien común, no como su bien privado. Tal es la tesis de Tomás de Aquino, enseñada en tantos pasajes que no es del caso enumerar[2]. Más interesante es saber por qué el hombre debe ser considerado así. En el tercer libro de su “Suma contra los gentiles”, encontramos el siguiente razonamiento:
“Todo el que busca algún fin se preocupa más de aquello que está más próximo a fin último: porque este es también el fin de los otros. El último fin de la divina voluntad es su propia bondad, de la que lo más próximo en las cosas creadas es el bien del orden de todo el universo: puesto que a este, como a su fin, se ordena todo bien particular de esta o aquella cosa, como lo menos perfecto se ordena a lo más perfecto. Por esto toda parte es por su todo. Por lo tanto, lo que más procura Dios en las cosas creadas es el orden del universo”[3]
                        Con esta densa argumentación, el Santo nos intentaba demostrar la presencia en el mundo de la divina providencia; para lo cual mostraba que su objetivo principal era el orden del universo que tanto nos maravilla. Mas, al mismo tiempo,, nos enseña que todo, en el universo, debe ser considerado parte del  mismo, cuyo fin único es el Creador, ya que así fue ideado por Dios. Notemos que lo realmente intentado es mostrar la bondad de Dios; ciertamente, cada creatura la manifiesta de un modo parcialísimo, siendo el universo total lo que mejor la presenta. En consecuencia, es el universo total lo que propiamente y en primer lugar ha sido creado; cada cosa, pues, es  creada como parte, en y por el todo del cual es. El hombre no puede ser una excepción.
                        La verdad de la primacía del todo sobre las partes ha sido redescubierta y puesta de actualidad por los descubrimientos ecológicos. Muy digno y excelente será el ser humano, pero si olvida su sumisión al orden total, pagará las consecuencias. “Toda parte es por el todo” es el principio metafísico que el ecólogo no hace más que confirmar en la experiencia catastrófica de los últimos años. Nuestra tan exaltada dignidad nos hizo creer que podíamos jugar con las creaturas que nos pertenecían; mas nos olvidamos que nosotros también pertenecemos al todo y que debemos mirar primero a este y sólo después a nuestro bien privado.
                        Según esto, el fin de la creación es el orden del universo que se subordina, naturalmente, al mismo Dios. Santo Tomás aclara que el primero es el fin último inmanente, mientras el segundo es el trascendente[4]. A este se subordina aquel[5]. En efecto, el orden, como es fácil de comprender, supone partes desiguales relacionadas entre sí convenientemente en vistas a algo que es el principio del orden. Este algo, principio del orden, extrínseco al orden mismo, es el bien común trascendente.
                        Por lo cual Dios crea el universo completa en vistas a sí mismo, para que participe, como Él, de la existencia y de la bondad; lo que crea un orden en él, una de cuyas partes es el hombre. Por esto podemos repetir con Tomás: “Dios es el bien común de todo el universo y de todas sus partes”[6].
                        El hombre, pues, como parte del universo tiene a Dios como su fin; pero en cuanto es el bien común de todo el universo y no como su bien privado. El bien particular del hombre en ningún caso podrá oponerse a este bien común, puesto que el bien de cada parte es tal en cuanto está debidamente ordenado a aquel, y, al revés, el que busca el bien común, por ello mismo encuentra en él su bien particular, ya que el bien del todo es el bien de cada una de sus partes. Si el bien privado se opusiera al común, ipso facto, dejaría de ser bueno y el hombre ya no sería parte del universo lo que es absolutamente imposible. Como fue creado como parte, el resultado de tal pretensión no puede ser más que una catástrofe. De modo que el que no está bien orientado al bien común, no es un hombre bueno, en tanto que hombre[7].
                        Podría pensarse que el bien común es querido por la parte en cuanto coincide con el bien particular de la misma, especialmente en el caso del agente libre. Pero eso no estaría bien. Lo correcto es exactamente lo contrario, sin que ello implique una suerte de disolución en el Nirvana en donde quedaría aniquilada la personalidad.  Expresémoslo con las palabras del Doctor Común:
“La parte ciertamente ama el bien del todo en cuanto le conviene: mas no de tal modo que refiere el bien del todo a sí misma, sino, más bien, de modo que se refiere ella misma al bien del todo”[8].
                        A la parte le conviene el bien del todo, ya que sin él, ella, en cuanto parte, carecería de todo bien. Por muy verdadero que esto sea, no la autoriza a alzarse con el bien común como si fuese privado, sino a participar de su bondad en su mera realidad de parte.
                        Esta doctrina tal vez nos parezca muy dura, “inhumana” dirían hoy, pues supone aniquilar, en su raíz, el menor asomo de egoísmo y de ese individualismo al que nos tiene acostumbrado el mundo liberal. Pero es fácil conocer la razón metafísica que la justifica. Hela aquí:
“Todo lo que, en las cosas naturales, según su naturaleza, eso mismo que es, es de otro, fundamentalmente se inclina más hacia aquello de lo cual es que a sí misma”[9].
                        Toda creatura, y el hombre lo es, es de Dios hasta lo más íntimo de su ser; por lo cual, naturalmente, tiende más a Dios, del cual es, que a sí misma. Quien comprenda la verdad de esta afirmación no puede dejar de estremecerse ante la monstruosidad que implica el ateísmo, y, pero aún, cuando ve que, como la mejor sociedad posible, se nos trata d imponer una democracia atea y amorfa, con lo que están de acuerdo ¡hasta los católicos!
                        Conviene que nos detengamos un instante en este punto pues no es fácil de comprender. Podemos resumir la tesis tomista en la siguiente proposición: “cada parte ama naturalmente la todo más que a sí misma”[10]. Observemos ese “naturalmente” que tiene enorme fuerza en el pensamiento del Angélico pues quiere decir que tal es por “naturaleza”, por esencia; como quien dice: porque así fue diseñado por su constructor.
                        Ahora bien, todo ser, al obrar, tiende, al menos implícitamente, hacia Dios; porque, como muy acertadamente dice Gilson: “Lo que está hecho para Dios, por el sólo hecho de que obra, tiende espontáneamente hacia El en virtud de una ley inscrita en la sustancia misma de su ser”[11].
                        No podía ser de otra manera, supuesto que el hombre esté bien hecho, como que ha sido creado por la sabiduría infinita. Es Dios mismo quien produce en sus creaturas ese amor a Él, puesto que tal es el fin para el cual las creó[12]. Sería absurdo pensar que dicho amor a Dios fuese fruto del egoísmo, sino que es necesario reconocer que se dirige a Dios por el único motivo válido para dirigirse a Él: por ser quien es.
                        Las doctrinas metafísicas de la participación y de la analogía nos ayudan a comprender que esto es necesariamente así, puesto que “el amor de Dios en nosotros es nuestra participación finita en el amor infinito por el cual El se ama a sí mismo”[13]. Tal amor se funda en la perfección infinita que Él posee; en consecuencia, nuestro amor a Dios, para que sea una participación de aquél, ha de nacer de esa perfección y no del egoísmo.
                        Es indiscutible, para los que reconocemos que todas las cosas han sido creadas por Dios y para participar en Él, que éstas deben tener inscritas en sí mismas ese fin último y seguirlo por encima de sus fines particulares. En nuestro caso, el amor, que es nuestro modo propio de tender hacia el fin, debe dirigirse a aquel por la perfección o bondad que en sí encierra.
                        Todo lo dicho hasta aquí vale para cualquier creatura. Nos parece que, aunque el hombre también lo sea, debemos aproximarnos a su caso particular ya que presenta ciertas circunstancias especiales, además de ser la creatura mejor conocida por nosotros y la que constituye el objetivo principal de este trabajo.
                        Todo ser tiende al bien. El bien por excelencia es Dios, bien por esencia, bien común del universo. Para saber tales cosas se necesita ser un ente inteligente. Los irracionales “tienden” a Dios sin saberlo. Pero, como bien puntualiza De Koninck: “cuanto más perfecto es un ser, dice una relación mayor al bien común, y más hace por este bien, que es, no solamente en sí, sino también para él, el mejor”[14].
                        Si demostramos la verdad de la tesis de De Koninck, habremos borrado toda huella de egoísmo e individualismo, y habremos mostrado, al menos en teoría, que no hay oposición entre realización personal y bien común; puesto que aquella se realiza en y por este.
                        Nuevamente santo Tomás acude en nuestra ayuda probando que el amor al bien común es mayor y más humano que el amor al bien privado:
“Como la afección sigue al conocimiento, cuanto más universal es el conocimiento, tanto más mira al bien común la afección que le sigue; y cuanto el conocimiento es más particular, tanto más la afección que le sigue mira al bien privado. Por esto, en nosotros, el amor privado nace del conocimiento sensible, en cambio, el amor del bien absoluto y común nace del conocimiento espiritual””[15]
                        Por esto podemos afirmar que “el bien común es en sí y para nosotros más amable que el bien privado”[16]. Lo primero está claro y no ofrece lugar a dudas. Lo segundo encuentra la resistencia del egoísmo y la concupiscencia, hay tan exacerbadas, y, por ello, es tan admirable encontrar gentes que llegan al total olvido de sí mismas por una auténtica entrega al bien común. Es eso lo que nos hace rendir homenaje a los héroes, en el plano cívico y a los santos, en el religioso.
                        Es, pues, insostenible la posición de aquellos que pretenden poner el bien personal por encima del bien común. Como dice el Santo Doctor, en el amor al bien de la persona singular, al bien privado, el objeto principal de tal amor es la persona misma por la cual se ama a ese bien. En cambio, continúa el Santo, en el amor al bien común, el objeto principal es aquello en lo que consiste tal bien. La caridad, culminación del amor cristiano, es un amor de este segundo tipo[17]
                        Con cuanta razón De Koninck sostiene que
“si el bien divino fuese formalmente un bien propio del hombre en cuanto persona singular, seríamos nosotros mismos la medida de este bien, lo que es, sencillamente, una abominación”[18]
                        Sería el mundo al revés: Dios a nuestro servicio y disposición, en lugar de ser nosotros seres cuya existencia misma se debe a un acto creador divino, cuyo fin es el mismo Dios. Por lo demás ya vimos que mientras más perfecta es una creatura más tiene a lo universal; por lo tanto, en la bienaventuranza eterna, la universalidad misma del bien es principio de beatitud para la persona singular. De otra manera, la voluntad, cuyo objeto es el bien universal, no podría saciarse.
                        Las creaturas racionales están, como todas las demás, ordenadas al bien común. Pero este orden lo deben realizar por sí mismas, ya que son libres, y, en este sentido, se puede decir que el bien común es para ellas: para que con su acción lo alcancen y lo posean; pero en tanto que bien común. Con esto no lo particularizan, porque éste continúa siendo poseíble por las demás creaturas racionales que la rodean y en comunión con las cuales cada una lo posee. En otras palabras, como el bien común es esencialmente participable, por ser común, jamás se privatiza. Por lo mismo la felicidad, que puede ser considerada desde el punto de vista del que la goza, también puede serlo desde el objeto que la produce; el cual es, de suyo, comunicable al infinito, por ser común[19].
                        Por otra parte
“ninguna persona creada posee una naturaleza proporcionada ni proporcionable al bien pura y simplemente universal como a su bien propio en tanto que persona singular. En otro caso, cualquier persona sería Dios”[20].
                        La razón de lo cual es clara: el fin y la forma tienen que ser proporcionados, ya que ésta es por aquél. Si Dios es nuestro fin último, nuestra alma ha de guardar alguna proporción con Él. La hallamos en la capacidad de infinito propia de  la inteligencia. Pero, si Dios pasa a ser mi bien particular, entonces su capacidad privatizadora se agotaría en mí, y yo sería Dios. Lo cual es una vulgar blasfemia. En cambio, si yo poseo a Dios, mi fin último, como bien común, en comunidad con los demás seres racionales, resulta que quedan a salvo ambos extremos: mi participación real en el fin último y la infinita superioridad de éste con respecto al ser que, en cierto sentido, lo posee. Por lo cual san Tomás dice que la contemplación y la felicidad consiguiente de cada uno es inferior y se subordina a la felicidad y contemplación de la comunidad[21].
                        De aquí brota una reflexión moral de la mayor importancia:
“Así, pues, amar el bien que es participado por los bienaventurados para tenerlo y poseerlo, no dispone bien al hombre para la beatitud, porque también los malos desean aquel bien; pero, amar ese bien por él mismo, para que permanezca y se difunda, para que nada se haga en su contra, esto dispone bien al hombre para la sociedad de bienaventurados, y esta es la caridad que ama a Dios por El mismo y a los prójimos que son capaces de beatitud, como ellos mismos”[22].
                        Es claro que si amamos a Dios como bien privado o particular nuestro, cometemos un grave desorden, ya que nos ponemos nosotros en el lugar de Dios, rebajándolo a nuestro nivel, y quien actúa así, rompe el orden natural. La falta es gravísima, porque atenta al orden natural mismo del universo en lo que tiene de más esencial, y, sobre todo, vicia radicalmente la raíz misma de nuestra existencia. Por lo cual santo Tomás dirá:
“porque el bien universal es el mismo Dios y bajo este bien está contenido tanto el ángel como el hombre y toda creatura, porque toda creatura, naturalmente, según aquello que es, es de Dios; se sigue que con amor natural, tanto el ángel como el hombre aman más y principalmente a Dios que a sí mismo”[23].
                        Y, a renglón seguido, anota una razón teológica de gran peso:
“de otro modo, si naturalmente se amara más a sí mismo que a Dios, se seguiría que el amor natural sería perverso y que no sería perfeccionado por la caridad, sino destruido”.
                        Recordemos que san Juan nos revela que Dios es amor, además de ser verdad y vida; lo cual es perfectamente razonable ya que Él es perfección suma, y es justamente la perfección del objeto la que engendra el amor. La caridad, virtud teologal, es una participación sobrenatural en ese amor divino, nos enseña la sagrada teología. Pero uno de los principios más valorados por el Angélico es aquel que sostiene que lo sobrenatural jamás destruye lo natural sino que su misión es perfeccionarlo. Luego, en el amor natural del hombre a Dios, la raíz no puede ser el egoísmo sino la perfección del bien común.
                        Con lo dicho creemos haber demostrado, hasta donde nos es posible, lo primero que nos propusimos: Dios es el bien común y no un bien privado, por lo cual el hombre no puede amarle para sí mismo, sino que le ama movido por la bondad propia de tal bien.

EL AMOR DEL BIEN COMÚN


                        Detengámonos un momento en este aspecto del problema que, por su importancia, amerita ser tratado con un poco de más calma.
                        Diremos, en primer lugar, que el amor que cada ser tiene por su propia perfección es causado por Dios mismo, y es perfectamente análogo al amor que Dios se tiene a sí mismo. Es natural que así sea porque el hombre ha sido creado a imagen y semejanza divina - para usar el lenguaje bíblico - o por participación y analogía - si preferimos el metafísico. Ahora bien, mientras el ser infinito desea el bien infinito, el ser finito desea bienes finitos, a su alcance. “Faltándole lo que es necesario para mantenerse en el ser o para perfeccionarse, lo desea y lo desea para sí mismo”[24]; es decir, los bienes que desean son relativos a su propio ser y perfección personal. Por lo mismo, “en este sentido, normalmente, todo amor humano es espontáneamente, normalmente, un amor más o menos interesado”[25].
                        Es preciso aclarar que estas afirmaciones son válidas en una primera aproximación fijándonos principalmente en el aspecto animal del ser humano. Basta mirarnos para verificar que es verdad. Hasta el extremo que los mismos teólogos medievales, siguiendo a los filósofos paganos, hicieron extenso uso de la sed de felicidad personal que todos experimentamos para investigar en qué consista nuestro fin último. De aquí nació la acusación de “egoísmo moral” lanzada contra ellos. Pero, y ahora viene la cuestión capital: ¿se agota aquí la capacidad de amar del hombre?
                        Si el amor humano fuera siempre y exclusivamente interesado, como el de todo animal, sería imposible que amara a Dios; puesto que, como lo hemos visto, eso no sería amor de Dios, sino atropello del orden natural. Pero todos reconocemos diversas facultades en el hombre por lo cual éste es capaz de diversos amores. El amor interesado - de concupiscencia lo llamaban los medievales - es propio del conocimiento sensible que compartimos con las bestias; mientras que el desinteresado - amor de benevolencia - es propio  de la capacidad en cierto modo infinita de la voluntad que, en esto, sigue a la inteligencia. El bien común realiza adecuadamente esa exigencia de infinitud y universalidad,  por lo que exige una amor desinteresado.
                        Aclaremos que el amor desinteresado no excluye la posesión y goce del objeto amado, posesión y goce espirituales, por cierto, sino que tan solo significa que el motivo determinante es la bondad del objeto, en vez del goce que produce, y se abre a la participación de muchos en la misma posesión y goce.
                        Si profundizamos un poco en el amor propiamente humano, advertimos que consiste en “querer el bien del objeto amado”; vale decir, querer el objeto mismo por lo que de perfecto tenga o pueda llegar a tener. Lo que implica q            que todo amor es, al menos hasta cierto punto, desinteresado.
                        Por otra parte, el amor de benevolencia tiene su recompensa en sí mismo, pues el que ama de esa forma es feliz por ello mismo. Así se explica que una creatura pueda sentirse satisfecha con este amor, despojado de todo interés, ya que en él encuentra lo que busca. Curiosamente, su interés radica en llegar a amar desinteresadamente. La dificultad radica en saber si le es posible al hombre olvidarse por entero de sí mismo. Santo Tomás nos asegura que ése es el orden natural, pero que el pecado original lo ha herido. Primitivamente, según la revelación bíblica, el hombre era capaz de amar a Dios por El mismo y más que a sí propio naturalmente, y por esto a Gracia puede hacer, sin violentar la naturaleza, que nuevamente sea capaz de dicha perfección[26] . La caída ha roto el orden natural y de aquí provienen las dificultades y repugnancias que experimentamos para olvidarnos de nosotros mismos. Sin embargo, ciertas reflexiones, y lo que se ha dicho, nos ayudarán a comprender que esta tesis tiene sólidas bases filosóficas en que apoyarse, aparte de lo que la Revelación enseña.
                        En efecto, dice muy bien Gilson: “es imposible amar la imagen sin amar al mismo tiempo al modelo si se sabe que esa imagen no es más que una imagen, como lo sabemos”[27]. Es verdad que la palabra “imagen” es de raigambre bíblica, pero podemos cambiarla por participación y hallamos la misma doctrina expresada con más rigurosidad filosófica. Todo lo cual quiere decir que cuando amamos cualesquiera cosas, incluso cuando nos amamos a nosotros mismos, estamos amando a Dios del cual somos participación analógica y del cual hemos recibido todo lo que nos hace amables, como todas las demás creaturas.
                        Pero hay una razón más profunda, si cabe, que terminará por aclarar las dudas que nos puedan asaltar. Podemos preguntarnos: ¿en qué consiste la perfección del hombre? En que alcance el fin para el que fue creado. ¿Cuál es ese fin? Dios. Pero el hombre alcanza a Dios conociéndolo y amándolo, y este amor, para que sea amor de Dios, ha de ser un amor que ama a Dios por ser quien es: por su perfección, por su bondad; y no por los beneficios que nos pueda reportar, ya que, en ese caso, nos amaríamos a nosotros en vez de a Dios, como ya vimos. 
                        Por esto Gilson se atreve a expresar la profunda identidad que se da entre la tendencia a la realización personal y la también exigente tendencia al bien común: “Tender hacia lo que es bueno es indiferentemente desear su propia perfección o desear la semejanza divina, pues su perfección consiste en parecerse a Dios”[28].
                        ¿Cómo se parece el hombre a Dios? Amándolo con amor desinteresado, como El se ama.
ES más, “amar a un bien particular en cuanto se asemeja al bien universal, es amar primera y principalmente al bien supremo que no puede ser amado en vista a otro bien particular”[29].
                        Por difícil que pueda parecernos superar el amor egoísta no es imposible: buenos ejemplos vemos en los héroes, mártires, santos. Si no se quiere llegar a esos casos extraordinarios, ¿no es ese olvido total de sí misma lo que honramos en la madre, símbolo sublime del amor natural? Tal vez por eso ha siempre ha sido la madre, y no los novios, el símbolo del amor; porque en los novios suele haber mucho egoísmo, placer personal, mientras que en la madre luce mejor el desinterés del amor.

 

CONCLUSIÓN


                        Iniciamos estas líneas con la contraposición política entre el liberalismo y el socialismo, haciendo ver que tanto el uno como el otro no son capaces de comprender al verdadero bien común, ni la verdadera realización personal del ser humano. Terminaremos las mismas llamado la atención sobre la diferencia que hay entre la doctrina social cristiana, cuyos fundamentos metafísicos hemos visto, y el personalismo representado entre nosotros por la Democracia Cristiana, su caricatura y perversión[30]
                        En Maritain apareció esta doctrina, con sus implicaciones democráticas, como una adaptación de la tradicional católica, al comprender que ésta es impracticable en las naciones dominadas por la masonería y el ateísmo. En su base antropológica aparece la famosa distinción entre individuo y  persona. El individuo, según ellos, se somete enteramente al Estado y al bien común; en cambio la persona está por encima de ambos y busca su realización personal en algo más alto que el bien común: en Dios mismo. Somos individuos por nuestra animalidad, personas por nuestra espiritualidad. Parecía tan clara la distinción creada por el P. Gillet O.P., que Maritain la aceptó, fundamentó metafísicamente y sacó sus consecuencias. En la práctica, sin embargo, vinimos a caer en uno de los más queridos principios liberales, muy apreciado por los masones: el ciudadano en el parlamento y el cura en la sacristía. En otras palabras, se consagra así el Estado laico, la escuela laica, la empresa laica, etc. Podemos ser católicos el Domingo en Misa, el Estado liberal graciosamente nos lo permite, siempre que lo olvidemos a partir del Lunes a primera hora.
                        El personalismo cristiano, en política, es liberal y ha permitido, desde el Concilio, su triunfo en el seno de la misma Iglesia. En lo económico se fue inclinando paulatinamente hacia el socialismo al punto de llegar a ser, en los años sesenta, prácticamente indiscernibles.
                        Muy otra es la doctrina social e la Iglesia Católica, la que no reconoce tan extraña distinción, sino que sostiene la existencia de un solo fin último, que es, a su vez, el bien común del universo. Por ello no hay dos actividades inconexas sino muchas actividades especificadas por sus objetos inmediatos, pero subordinadas al bien común como los medios al fin. No hay, pues, un Estado laico, ni un liceo laico, etc., que sea legítimo; a lo más podrá ser tolerado como mal menor dada la incapacidad de los católicos de vivir su propia fe. Todo ha de ser confesional porque todo ha de estar subordinado y conducir al único bien común real de los hombres; es decir, se han de reconocer a sí mismos como simples medios o instrumentos, como partes encaminadas a un mismo bien, al fin último del hombre y del universo. Por ello todavía se usa bendecir las primeras piedras de las diversas construcciones, aunque sean tan “laicas” como un banco o una carretera. No se trata de ser católico el Domingo, sino siempre y en todo, y que se note, incluso en política. Lo que no implique la política siga siendo política y nada más; como no dejan de ser banco y carretera por el hecho de haber recibido una bendición en su inauguración. Es que todo tiene que estar subordinado al único bien común, el que debe ser buscado a través de todo sin excepción. Por supuesto que se respeta la naturaleza del instrumento que se usa, lo que permitirá distinguir una actividad de otra, ser eficaz en ella e impedirá usar los mismos criterios en todas. El Estado, pues, está al servicio del mismo bien común que la Iglesia, sólo que lo sirve de otra manera en virtud de su diferencia de naturaleza.
                        No se trata, por supuesto, de crear una especia de teocracia, sino de poner al Estado al servicio del único bien común que existe, y no crear un bien común “privado” del Estado. De este modo,  como todas están al servicio del mismo bien, se armonizan sus esfuerzos y se respetan sus modalidades propias. Cómo contribuye el Estado será muy diferente a cómo contribuya la familia y la Iglesia; pero todos buscan lo mismo, en última instancia.
                        Si es verdad, como creemos haberlo demostrado más arriba, que la realización personal se identifica con su sumisión al bien común, resulta de ello que todo lo que no esté a dicho servicio, por ese solo hecho deja de contribuir a dicha realización. Este es el trágico destino de tanta utopía y movimiento mesiánico, de tanto ideología política que se aparta de la verdadera doctrina social e la Iglesia: ni sirven al bien común, ni ayudan a la realización personal. Esta es la verdad que, religiosamente, Jesús expresa de modo tan contundente: “el que no está conmigo, está en contra de Mí; el que conmigo no recoge, desparrama”[31].




JUAN CARLOS OSSANDÓN VALDÉS



[1]  Q.D. De Caritate a.4, ad 2m.
[2]  Baste un ejemplo: I-II, q.2, a.8, ad 2m.
[3]  3 C.G., c. 64 ad  unumquodque intendens.
[4]  In I Sent. D.44, 2c. Cfr. Ramírez: “De ordine” Salamanca. 1963. Nº 655.
[5]  Cfr. S. Th. I. Q.22, a.3c.
[6]  Quodlibetum primum, q.4, a.3. “Bonum autem summum, quod est Deus, est bonum commune, cum ex eo universorum bonum dependeat. 3 C.G., c. 17 ad bonum particulare.
[7] Cfr. S.Th. I-II, q.92, a.1, ad 3m; II-II, q.47, a.10, ad 2m.
[8]  S.Th.. I-II, q.26, a.3, ad 2m.
[9]  S.Th. I, q.60, a.5c.
[10]  S.Th. I, q.60, a.5, ad 1m.
[11]  “L’Esprit de la philosophie médiévale”  J. Vrin, 2ª edition, Paris, 1969. C. XIV, pág. 269. (La traducción es nuestra)
[12]  Cfr. “In librum de Divinis Nominibus” Lec. XI.
[13]  Gilson o.c. ibíd., pág 270.
[14]  “De la primacía del bien común”. Trad. Artigas. Cultura Hispánica. Madrid. 1952. Cap. 1º, pág. 34.
[15]  “De spiritualibus creaturis” a.8, ad 5m.
[16]  De Koninck, o.c.  c.1, pág. 37.
[17]  Cfr. De caritate, a.4, ad 2m.
[18]  O.c., ibíd., pág. 47.
[19]  De Koninck, o.c., objeción VI, pág. 96-97.
[20] Id. , apéndice 4, pág. 203.
[21]  Cfr. “In politicorum ...” VII, lec. 2.
[22]  De Caritate, a.2c.
[23]  S.Th., I, q.60, a.5c.
[24]  Gilson, o.c., c. XIV, pág. 273.
[25]  Ibíd.
[26]  Cfr. S. Th., I-II, q.109, a.3.
[27]  o.c. Ibíd., pág. 280..
[28]  Ibíd., pág. 281.
[29]   Ibíd.
[30]  “Perversión”, en ese lugar, no tiene carácter moral ni peyorativo, sólo indica un hecho: se presenta como lo que no es. Pervertir = trastocar el orden natural de una cosa; el personalismo se presenta como la expresión social del cristianismo, pero, en verdad lo trastoca gravemente.
[31]  Mt. 12,30.

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